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Lunes, 04 Septiembre 2023 17:00

Las ovejas duermen en familia – Capítulo 8 ‘He vuelto para siempre y ella lo sabe’

He vuelto para siempre  y ella lo sabe

     Mis colegas ansían volver a casa, abrazar a sus familias, tomar con ellas un helado, un café, cualquier cosa que aquí parece un ensueño, a mí me da igual. La última vez que abrí la puerta del apartamento encontré una carta sobre la mesa del pequeño salón. Ella, decía el manuscrito, me quería mucho, sí, me quería, incluso aún debe quererme; sin embargo, contaba con letra temblorosa, llegó a su límite de aguantar infinitas esperas con la incertidumbre de cuándo o cómo sería mi regreso. Y no he vuelto nunca más a aquella casa.

     Nadie me espera en ningún lugar. A veces agradezco esta absoluta ausencia; en otras, lo acepto, siento la carencia de afectos. Entonces, si la tristeza se coloca en el punto de mira, disparo con mis únicas armas: la cámara fotográfica y el ordenador en el que escribo las crónicas con olor a sangre. Ambos compañeros, la cámara y el ordenador, se han habituado a mi manera de trabajar. Saben que solo disponemos de una hora UTC para enviar por satélite y están programados para entrar en acción noche y día, según el lugar del mundo en el que nos encontremos.

     Pakistán, Afganistán, Siria, Ucrania, Yemen, Sudán o Malí, ya he perdido la cuenta de cuántos conflictos bélicos he mamado. Conflictos bélicos… ¡Já!, putas y jodidas guerras. La gente muere, ¡miles de gentes mueren!, centenares de miles de niños, aún vivos, van a morir porque las bombas, las balas y los sanguinarios no piden previamente el DNI. Y no importa.

     Cualquiera de mis fotos o de mis crónicas enviadas en tinta de angustia son el espejo que nadie quiere colocarse delante. Los editores me piden más crueldad en las imágenes, descripciones de- talladas en las crónicas; ¿más?, cada clic, cada letra es un vómito de ferocidad inhumana; ¿más?, una instantánea, una frase, se resumen en crueldad o sadismo o monstruosidades salvajes; ¿más?, he olido carne humana quemada, he sentido el olor de los cadáveres putrefactos.

     Carlos, mi gran amigo antes que colega, era un convencido de que algún día todo esto terminaría, confiaba en el buen juicio del ser humano, no sé, que la religión o el petróleo dejarían de ser motivos para matarse entre sí. No dejaba de cantar, así cayera la de Dios. Y creía en él, en el gran Dios, en el que amparaba a los hombres de buena voluntad. Aseguraba que la humanidad volvería a hermanarse. Carlos, mi buen Carlos.

     Le sostuve las tripas como pude mientras pedía ayuda. La metralla de un obús le partió en dos, estaba justo a mi lado. De hecho, podría haber sido yo quien hubiera recibido el mortífero agasajo. Si ya antes me costaba creer en alguna bondad divina o humana, aquello me llevó al descreimiento definitivo. Carlos, amigo de mi alma, te echo de menos.

     De un foso a una trinchera, de la trinchera a un parapeto y de ahí al camión; a otro lugar desde el que tomar fotos más cercanas, más terribles, siempre con el tiempo pegado a la espalda. Recorrer cien metros con fuego cruzado precisa de intuición, buen ojo y paciencia, mucha paciencia, y dos horas de lentitud calculada y hormigueo en las piernas a pesar de la experiencia acumulada en sortear proyectiles.

     De golpe, sin un jodido aviso previo, me apartaron violenta- mente de la primera línea. ¿Pero qué más quieren? Me expatriaron a Alcandora sin explicación alguna. Veinte años de guerras para esto, para que te manden a la inactividad de un lugar plácido. No es lo que yo quiero y además no sirvo para tanta paz, no sé disfrutarla. Me aburre. Necesito acción. Conozco al dedillo el azul del cielo, según el día, y la dirección del viento, según hacia donde oscilan las copas de los árboles.

     De cuando en cuando, alguno de los pocos amigos que me quedan se acerca de visita. Tal vez les aburro con el cuento de mis batallas porque a los pocos minutos se marchan. También ella viene a verme, lo hace a diario, la mujer enamorada que no pudo aguantar las esperas. Trae flores frescas y yo le digo que las de ayer aún siguen lozanas. No me hace caso, todos los días pone en el jarrón de cristal flores recién cortadas.

     Ella sí se queda conmigo. Se sienta a mi lado, me cuenta cosas de su vida, de la que pudo ser nuestra vida. Me pone al corriente de lo que acontece aquí y allí; chismorrea de unos y otras, en fin, conversa acerca de cualquier tema con tal de entretenerme. Hace poco me sorprendió al contarme que mis fotografías y mis crónicas se siguen publicando. Me extrañó, porque mi cámara fotográfica y mi ordenador se quedaron allí. Cualquiera sabe, tendrán vida propia y, además, qué me importa ahora.

     La mujer que compartió conmigo varios años de vida continúa la charla. Su voz es amorosa, suave. Entonces le pregunto a Carlos: «¿sabes, amigo mío?, a lo mejor no es tan insoportable descansar en paz en este camposanto, es lo más parecido a un jardín que pueda recordar».

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Ricardo Alba Santamaría