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Miércoles, 30 Agosto 2023 18:02

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA – CAPÍTULO 7 ‘HOTEL ESPAÑA’

 HOTEL ESPAÑA

Yo tenía una razón importante para acudir casi diariamente al Hotel España, muy cerquita del balneario, y casi siempre, antes de abrir la puerta, pasaba unos minutos mirándola, escondido tras un enorme macetero con helechos rizados y filodendros.

Buenos días, Ana.

—Buenos días, don Luis. Me ha pedido don Federico que le diga que le espere, que no tardará en volver.

—Gracias, Ana. Estaré en el salón.

Cada día que visitaba a Federico, sorprendía a la recepcionista del Hotel España girada de medio cuerpo, con el codo apoyado sobre el pequeño mostrador y de tal modo, que el antebrazo derecho formaba ángulo recto y su mano semiabierta sostenía la cara, una cara que pareciera tener archivado el semblante ausente. Para lograr tal postura, la joven, sentada en un alto taburete, cruzaba las piernas en sentido oblicuo a la cintura, que rotaba hacia el lado contrario, el izquierdo. La contorsión, rematada con el otro brazo depositado en el comienzo de la pierna, casi a la altura de la cadera, le daba a su hechura la apariencia de muñequita de papel maché, o tal vez, una figurilla francesa de porcelana de Bisque con su vestidito largo hasta los tobillos y una flor en el centro de la pechera. Esta pequeña originalidad en la figura casi articulada de la joven constituía un acicate más en mis frecuentes escapadas al Hotel España.

Me encaminé a la sala de los sofás serpenteando las composturas de mosaicos geométricos y polícromos de las baldosas granadinas que pavimentan el pasillo; a ambos lados, las hileras de cenefas se truncan en cada una de las puertas, anchas y muy altas, casi hasta el techo, que dan entrada a las habitaciones de la planta baja.

En uno de los sillones, orientado a los grandes ventanales con vistas a la calle, doña Isabel García Lorca seguía atentamente el ir y venir de los ociosos forasteros en sus paseos matinales por la avenida principal.

Doña Isabel, una alegría verla.

—¡Ay! Hijo, Luis, qué susto me has dado. No te he oído entrar. —Disculpe, doña Isabel…

—Anda, anda, ven y siéntate conmigo hasta que vuelva Federico, porque has venido a verle a él, ¿verdad?

—Sí, doña Isabel, pero siempre es un gusto saludarla a usted.

—Zalamero… Así tienes tú engatusado a mi hermano, con zalamerías. Eres un vivo, jovencito.

Tomé asiento en el sillón más cercano al que ocupaba doña Isabel. Ella entabló conversación con una lugareña a través de la reja del ventanal. Mientras duró la charla me miré la punta de los zapatos, brillaban. Encaré los dos pies para comprobar que las suelas estaban enteras y luego recorrí el techo con la vista.

Las molduras de escayola se entrelazaban con medallones en cada una de las esquinas. En el centro, de un rosetón de gran tamaño, colgaba la lámpara principal de la estancia. Doña Isabel dejó resbalar el brazo derecho a lo largo del sillón, me hizo una seña con la mano que al pronto no comprendí. Repitió el mismo gesto, lo hizo algo así como dos veces.

Doña Isabel, ¿necesita usted alguna cosa? —volvió su cara hacia mí, guiñó un ojo.

Sí, hijo, sí, un vaso de agua, que me están dando los calores.

A mi regreso, con un gran vaso de agua muy fresca en la mano, doña Isabel soltó una carcajada:

Jovencito, has de ser más pillo, ¿no te has dado cuenta de la lata que me daba esa mujer, que no había forma de callarla?

La verdad es que no, yo andaba a mi aire y con mis pensamientos, sin darle mayor importancia a la cháchara.

Ya ve usted, doña Isabel, no quería interrumpir la conversación. Si volviera a suceder, usted me hace la seña y verá cómo lo atajo rápidamente.

Ignoro por qué mi atención se fijó en el pañuelo blanco que doña Isabel apretujaba entre sus manos, pero no tuve tiempo de darle más vueltas a este asunto, ya a lo lejos se oían los pasos, las zancadas de Federico. Se plantó en la puerta del salón. Le resbalaba el sudor por la frente, llevaba anudado el jersey al cuello, intentaba tomar aliento mientras una amplia sonrisa dejaba a la vista sus blancos dientes.

Tomó un sorbo de agua del vaso de su hermana. Con la respiración ya en calma comenzó a hablar de tal modo que no se le entendía nada de lo que decía. Estaba tan emocionado que se le atropellaban las palabras.

¡Lo tengo, lo tengo! —exclamó—. ¡Luis, sube conmigo a mi habitación, tengo que enseñarte algo! —y más que una invitación, me pareció una orden.

Doña Isabel, hasta pronto —me giré, y doña Isabel continuaba con el pañuelo blanco bien estrujado.

         

Subimos de dos en dos los escalones hasta la primera planta. La habitación de Federico estaba casi al final del pasillo. Era una estancia contigua a la de sus padres, si bien la de estos disponía de baño privado, dos habitaciones y un estratégico mirador acristalado a la calle. El dormitorio de Federico relucía de limpio, él tenía dadas instrucciones para que siempre apareciera resplandeciente. Nada más abrir la puerta, encontré lo que ya conocía: una mesita de noche con la encimera de mármol junto a la cama con cabecera y pies de forja. Al otro lado de la cama, bajo un espejo, una jofaina colocada cerca del balcón. Debajo de la cama, un orinal de loza lleno de agua con pétalos de flores. El mobiliario del dormitorio se completaba con una reducida mesa de escritorio presidida por el cuadro de una Virgen, una lámpara y una vela sobre ella, un mínimo sillón de madera con brazos y un perchero también de madera.

En esa mesita escritorio, Federico había escrito algunos de los romances gitanos. Me lo contó una de las noches que se prestaba a tocar el piano. Creo, si la memoria no me juega una mala pasada, que fue en una de las ocasiones que don Manuel de Falla y Federico tocaron a cuatro manos. El piano de pared, con sus cuatro velas rojas adosadas a la caja superior de resonancia, era el foco de atracción durante los bailes nocturnos para los huéspedes del Hotel España.

Federico me señalaba el folio manuscrito que había dejado sobre la mesita: "¡Léelo, léelo!", me decía totalmente entusiasmado mientras mostraba su impaciencia. Se trataba de una carta remitida a don Sebastián Gasch. En la esquina superior izquierda figuraba el dibujo de un gallo. Entre paréntesis, Federico había escrito: El gallo es de Dalí, las letras son mías. Comprendí su regocijo nada más comenzar a leer la carta:

'Querido Sebastián:

Te escribo en el papel de la nueva revista Gallo, que por fin sale a la luz…'

Aquella noche hubo baile en el Hotel España, Federico tocaba y tocaba y tocaba el piano. En el salón, don Santiago Rusiñol conversaba animadamente con doña Isabel García Lorca; mi familia, además de otras amistades, charlaba con los padres de Federico, don Federico y doña Vicenta. Yo era un joven feliz, siempre lo había sido con Federico. Me enseñó a amar la literatura, a ser libre, a valorar lo más insignificante y, sobre todo, me brindó su afecto a cambio de nada.

Al día siguiente no pude acercarme al Hotel España. Mis padres habían organizado una excursión a Órgiva. Dos días después, bien de mañana, me encaminé al hotel con el consabido ritual antes de entrar.

Buenos días, Ana.

—Buenos días, don Luis. Los señores García Lorca han tenido que marcharse. Una urgencia. Me ha pedido don Federico que le dé este sobre.

—Gracias, Ana.

Una urgencia… Tomé el folio que había dentro del sobre y leí:

Frente al ancho crepúsculo de invierno mi corazón soñaba.

¿Quién pudiera entender los manantiales, el secreto del agua recién nacida, ese cantar oculto a todas las miradas del espíritu, dulce melodía más allá de las almas?

Me acerqué al salón con el poema que Federico García Lorca escribió en Lanjarón dedicado al agua en la mano. No sabía qué pesaba más en mi ánimo, si la extraordinaria magia del poema o la tristeza de la ausencia de mi gran amigo. Sentada un uno de los butacones, una mujer de gran belleza me hizo un gesto de saludo. Hacía tiempo que no veía a Lupe Sino por el hotel. Le devolví la cortesía y me senté a su lado. Tras una breve conversación acerca de banalidades comentó que esperaba la llegada de Manolete, que ese mismo día toreaba en Linares, o eso entendí.

Al cabo de poco me despedí sin que ni ella ni yo supiéramos qué deparaba el destino.

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Ricardo Alba Santamaría