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Viernes, 18 Agosto 2023 11:29

Las ovejas duermen en familia – Capítulo 5 ‘El galgo del vagabundo’

 

         El galgo deambulaba con las orejas hacia atrás y la cola entre las patas por el centro de la carretera de Alcandora. Los automo­vilistas esquivaban al animal haciendo sonar las bocinas de sus coches. Ramón, no, Ramón detuvo el suyo en el arcén. Pulsó el botón de las parpadeantes luces de emergencia, salió del vehículo, y sorteando a los que a punto estuvieron de atropellarle, se acercó al perro. Era el mismo que veía a diario tumbado en la puerta de la librería donde compraba los periódicos. Le acarició y le exploró someramente, por si tenía alguna herida, algún golpe. No le en­contró nada anormal.

     Observó que el perro caminaba unos pasos, se detenía y regre­saba. Repitió el mismo proceder tres veces. Ramón no sabía qué hacer. El galgo de color castaño se colocó frente a él, le miró como solo miran los perros, dio unos pasos, se detuvo, se giró hacia Ra­món, que decidió seguir al animal.

Apenas trescientos metros de donde se encontraron, el perro esperó a que Ramón llegase a su lado y bajó unas escalerillas. En medio de una pequeña plazoleta un hombre semidesnudo, descalzo, se hallaba tendido en el suelo. El chucho comenzó a lamer los pies del hombre. Ramón se acercó, reconoció al barbudo vagabun­do francés que pasaba los días en las cercanías de la librería. Jamás se había interesado en conocer el nombre del francés, tampoco del perro. Es más, a menudo le incomodaba verlo, en particular si es­taba ebrio, desnudo de cintura para arriba y el galgo atado a una ventana con una cuerda.

Joaquín Sabina sonaba en uno de los bares de la plaza, 19 días y 500 noches, un par de niños patinaban sin reparar en el hombre tirado en el suelo, las familias apretaban el paso con sus sillas ple­gables, la sombrilla, los flotadores; algunos escasos paseantes se acercaban, miraban, se iban con prisa como si repentinamente les hubiera surgido una urgencia; ninguno quería mezclarse en aquel fregado que, por otra parte, no era novedad en el pueblo.

«El cuadro no es de lo más agradable», se dijo Ramón para sus adentros, y miró alrededor como en busca de ayuda. La barba del francés estaba embarrada con restos amarillentos de una gran vomitona que encharcaba igualmente parte de su costado y bra­zo derechos. El hedor se hacía insoportable, los vómitos, la orina y quién sabe si algo más eran el foco de la pestilencia. El galgo daba vueltas alrededor de su amo, le continuaba lamiendo los pies mugrientos. De cuando en cuando miraba a Ramón con los ojos entornados.

     Ramón se acercó a un bar próximo, compró cuatro o cinco bo­tellas de agua y pidió tres favores: uno, que le dejaran varias servi­lletas de tela; otro, que le prestaran un delantal para no manchar su ropa; y el tercero, que llamaran telefónicamente a la Policía Local y advirtieran del incidente. De nuevo junto al vagabundo, Ramón se quitó las gafas, guardó el reloj en un bolsillo, se arre­mangó la camisa, se agachó y, sin moverle de la postura en que yacía, vació una botella de agua sobre la cara del francés. Nada, ni un movimiento. Vertió el líquido de una segunda botella con el mismo resultado.

      El galgo se alejó de la escena. Ramón empapó una de las servilletas de tela, comenzó a limpiar la barba al vaga­bundo, sintió repugnancia. A pesar de ello, continuó el lavado de ­aquel hombre tirado en el suelo. Ramón se dijo que el francés era la misma estampa de la miseria.

     Agentes de la Policía Local de Alcandora ayudaron a levantar­se a Ramón. De tanto tiempo arrodillado le costaba mantenerse erguido. Unos enfermeros le llevaron a la ambulancia que había sido avisada por la Policía. Allí le facilitaron un higiénico lavado de manos, además de quitarle el mandil. De la conversación entre los agentes y los sanitarios, Ramón dedujo que el francés era un huésped asiduo de los calabozos y también de la sala de Urgencias del Centro Médico de Alcandora. Al parecer, de algunas palabras recogidas en momentos de sobriedad, el francés —nadie conocía su nombre— huía de la soledad al quedarse viudo. Malvendió su escaso patrimonio y se echó a los caminos. Cuando llegó a Al­candora no le quedaba sustento económico, así que se dedicó a la mendicidad en compañía de una botella de vino o de cualquier líquido alcohólico.

     Regresó el médico de Urgencias que se quedó en el entretanto atendiendo al vagabundo. Su cara hablaba antes de que lo hicieran sus palabras… el hombre había fallecido: «No puedo precisar el tiempo que lleva muerto ni la causa, seguramente un infarto. La autopsia nos lo dirá».

     Hoy en día, Ramón sale todas las mañanas y todas las noches con el perro. Le puso Francés de nombre. El galgo se ha dado por vencido, no ha podido alcanzar la liebre. Jadeante, media lengua colgándole, se acerca a Ramón, espera sus caricias, deja que le en­ganche el mosquetón de la correa al collar, toma el camino hacia casa. Debe pensar, si es que los perros piensan, que mañana corre­rá más veloz que la liebre. A su lado, Ramón le habla: «Cómo he de decirte que en esta parte de Alcandora no hay liebres…».

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