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Lunes, 14 Agosto 2023 18:15

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 4 'Antesala de Urgencias'

Antesala de Urgencias

     

En la sala, durante un tiempo corto o largo, depende,  conviven diversas tipologías combinadas de seres humanos: los de con pegatina, acompañantes normalmente; los de con pulsera de código de barras incluido en la muñeca derecha, generalmente los enfermos; los de en silla de ruedas, por norma los más débiles o ancianos; los de conectados a un porta sueros rodante del que cuelga una bolsa con líquido que fluye gota a gota, medida adoptada en preámbulo; y los de con teléfono móvil a voz en grito o bien en plena carga.

Tras haber sido valorado en el box de triaje, la llegada de un nuevo ser al reducido ecosistema sanitario se acompaña de miradas cómplices, resignadas, comprensivas. Pasado un tiempo, cada uno vuelve hacia sí mismo y hacia su acompañante. El universo se reduce a la espera paciente, a la expectativa por si la megafonía emite el nombre: ¡Asunción Castro, consulta seis! Los ojos bucean en la estancia, ¿quién de los allí presentes será Asunción? Una mujer se apoya en el brazo de una joven, seguramente su hija. Generalmente, los jóvenes suelen ser hijas y no hijos, es curioso. Poco a poco, Asunción Castro endereza su esqueleto.

  Con paso cortito, arrastrando las pantuflas de andar por casa, cara con pucheros de dolor intenso, la enferma desaparece. Alguien piensa: «Una menos», o sea, en la lista de espera, no vayamos a... Ahí, todo ser moviente o encamillado ha de aguardar su turno según la escala de triaje. No todos los enfermos de urgencias lo entienden así. De todo hay, inclusive enfermos de no Urgencias, sino urgentes de la enfermedad S: soledad; esta epidemia habría de sumarse a las tres ces.

Uniformes blancos, azules, verdes cruzan la sala, transitan los corredores. En el suelo de los pasillos de la Unidad de Urgencias hay líneas de colores: rojo, amarillo… Según el color, el enfermo y compañía acceden a una sala u otra. Te lo indican a la entrada: «siga la línea…», y se llega adonde se ha de esperar. Estas líneas son perfectamente aptas para test de alcoholemia. Algunos niños entretienen el tiempo con el juego de pisar primero una, luego la otra, y la otra y así. Las conversaciones telefónicas audibles, es decir, todas, de enfermos o acompañantes, son triviales, familiares, pudorosamente ajenas. La vida sigue fuera de la Unidad de Urgencias. No se oyen pájaros, tampoco sirenas de ambulancias. Los pájaros se silencian por el calor achicharrante, las sirenas por no asustar más al personal; ya de por sí angustiado.

¡Andrés Pulido, consulta uno. Andrés Pulido, consulta uno! En la sala no se mueve nadie ni nada. Las ojeadas se entrelazan interrogantes. Discurre un minuto eterno. ¡Andrés Pulido, consulta uno. Andrés Pulido, consulta uno! El altavoz suena a impaciente, repite de nuevo nombre, apellido y número de consulta. El parlante está al borde de salirse de sus casillas. En la sala se planta un uniforme blanco: «A ver, Andrés Pulido, vaya a la consulta uno». Nada. No hay respuesta de ningún signo, ni siquiera inmóvil. La figura de pantalón y chaqueta blanca gira hacia el mostrador de control, alza la voz: «Andrés Pulido no está».  Pero estaba, Andrés Pulido estaba.

Andrés Pulido pasaba su segundo mes en cama, una intervención quirúrgica le impedía temporalmente ponerse en pie. Vivía, vive, en Alcandora, por respeto a su intimidad no señalamos la calle. Amigos y familia le hacían todo: afeitar, lavar, mudar la ropa y así. Excepto obrar, esto era competencia exclusiva de Andrés Pulido. Y no, no obraba, no defecaba, pareciera haberse comido ocho o diez kilos de higos chumbos, un tapón de la mundial; y aquello le provocaba dolores agudos, hinchazón de tripa. Consecuencia: al hospital Comarcal, a desatascar el intestino. Ambulancia, triaje y a la antesala de consultas. 

    Tumbado en la camilla, Andrés Pulido disponía de tres ángulos de visión: hacia el techo, hacia la izquierda y hacia la derecha. Mientras contaba azulejos blancos a ambos lados, sintió un resurgimiento peristáltico súbito, urgente, inaplazable. Solicitó a una mujer de blanco ir al baño, al aseo, al váter.

—Nada, ahora le pongo la cuña y se sirve.

—Por favor —suplicó Andrés—, la cuña no; al baño.

Todos los habitantes de la sala en ese momento centraron su atención en el lance y, primordialmente, en el desenlace. El tedio, aquel aburrimiento se abría a un suceso interesante por inusual. La mujer de blanco explicó a Andrés Pulido la imposibilidad de introducir la camilla en el aseo de hombres.

—Pues en el de mujeres —imploró el encamillado al borde de las lágrimas.

Una vez depositado en el aseo de mujeres, Andrés Pulido pasó de la camilla al inodoro, a la taza, con todos los dolores planetarios, más el añadido del volcán gástrico. Allí sentado conoció de primera mano la capacidad de dilatación de los orificios corporales. Comprendió el parto y hasta casi entendió el misterio de la Santísima Trinidad a fuerza de convulsiones, sudores y jadeos. La naturaleza obró el milagro y Andrés Pulido obró… lo suyo.

¡Andrés Pulido, consulta uno. Andrés Pulido, consulta uno! Desde el aseo de mujeres, Andrés oía cómo le llamaban. Agarrado a la sábana intentaba gritar: «¡Aquí, aquí…!». La garganta se había roto después de tantos alaridos, quejidos y recuerdos a la madre que los parió. Su voz era apenas audible.

¡Andrés Pulido, consulta uno. Andrés Pulido, consulta uno! El ya descargado Andrés era presa de la angustia. ¿Ninguna mujer, ninguna, en todo este tiempo había sentido la necesidad de acudir al aseo de mujeres?

Ninguna. Allí estaba él, encerrado con su propio hedor en apenas unos escasos metros cuadrados. Intentó regresar a la camilla y, oh, otro milagro… su móvil, su teléfono móvil, estaba escondido entre ropas, sábanas y sudores. Marcó el número del hospital.

—Mire, estoy en el aseo de señoras…

                                              —Vete a tomar por saco y no me vengas con más bromas —le cortó una voz seca.

                                              Andrés Pulido volvió a marcar:

                                              —No me cuelgue, no me cuelgue. Estoy encerrado en el aseo de señoras. Avise a alguien que lo                                                        compruebe.

                                             —Como sea una coña, te enteras.

                                             Una mujer de blanco, no la misma que le llevó, otra, abrió la puerta del aseo:

                                              —¡Anda! Pues es verdad, aquí hay un hombre.

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Ricardo Alba Santamaría