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Viernes, 01 Diciembre 2023 19:16

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 28 "A VIDA O MUERTE"

A vida o muerte 

 

“Yo, si estoy aquí, es luchando por la familia. Si tuviéramos algo en nuestro país yo no habría salido, pero cuando no tenemos nada hay que salir a buscarlo. Lo que sea y donde sea”. Las emociones son universales, las lágrimas son incoloras, aunque los ojos centelleen en la piel negra del rostro de un ser humano.

Primero fue Libia. Allí, Mamadi Mandjian subsistió un año. Trabajaba y enviaba dinero a la familia. Las cosas se pusieron mal, así que, con lo puesto, a Argelia, país sin trabajo como tampoco lo encontró en Marruecos. Puso el ojo en la orilla de enfrente de la mar; no la veía, la intuía, la deseaba: “Tal vez, solo tal vez —rumiaba Mamadi—, en la otra costa encuentre distinta fortuna”. Se la jugó a todo o nada y le salió Fuerteventura, el primer territorio español que pisó y en el que pasó por la sala de espera de un centro de internamiento de inmigrantes.

Después de aquello, Mamadi Mandjian tomó el hilo de Barcelona sin lograr empleo. Se corrió la voz de que en Andalucía había trabajo. Mamadi se subió al tren de la resignada esperanza en clase Angustia Preferente, terminó el viaje en Alcandora, que no tiene ferrocarril, pero tenía jornales para dar y tomar en aquel entonces. Los malos tiempos llegaron a las lechugas, al brócoli, o sea, menos trabajo, más lunes, miércoles y viernes sin tajo. “De lo poco que gano envío dinero a mi familia, es el compromiso de los que salimos de nuestra tierra, lo que pasa es que si no tienes no puedes mandar”. Mamadi Mandjian es noble mendigo del mundo, no mendiga por comida o por dinero, abre la mano para una limosna de maquinaria agrícola con la que trabajar los campos de Guinea Bissau, de África: “Si no tienes material agrícola, no se puede hacer nada; este es el gran problema. Si quieren ayudar a África, a sus pueblos, lleven máquinas para que podamos trabajar, tractores que ya no se usen aquí, lo que sea”.

Los recortes le son indiferentes a Mamadi, no hay de dónde recortarle. Por un decir, él mismo es un recorte. Cuenta que en su pueblo se puede plantar maíz, patatas: «Y si no se venden, se pueden comer y si se puede comer, se puede vivir. En África hay zonas con épocas de lluvia, seis meses, tres meses, y en ese tiempo se planta y cosecha bastante. Necesitamos maquinaria agrícola».

Mamadi Mandjian quiere meterle recortes de surcos a la tierra, que la lluvia engorde las semillas, que las semillas revienten, que los tallos broten verdes, que esos sí son brotes. “Si no tienes dinero, no pasa nada si tienes comida, pero si no tienes ni comida, ya verás cómo sales a buscarla”. Mamadi saluda a un amigo que se cruza en la conversación. Hablan el mandinga, lengua usada igualmente por nigerianos y senegaleses. “Está como yo, buscando vida para su familia”. La familia es el estímulo, el empujón para atravesar fronteras, para cruzar mares, para emigrar al vacío incierto. Mamadi Mandjian, además de padres y hermanos, dejó en Farico a su mujer y a su hijo: “Yo sufro para que no sufra mi hijo, para que mi hijo pueda trabajar la tierra, para que no tenga que sacar pasaje en una patera”.

Seguramente Mamadi Mandjian no sepa, ni falta que le hace, quién es Confucio… ‘si te doy un pez comerás un día, si te doy una caña de pescar podrás comer siempre’. Mamadi, como miles y miles y miles de Mamadis, pide caña de pescar tipo remolques, cosechadoras, tractores, motocultores, desbrozadoras. Da igual si están muy usadas, si hay que repararlas, todo tiene arreglo. Lo que tiene difícil arreglo es dar con Confucio.

Mamadi Mandjian sigue trabajando en el campo, envía lo que puede a esa familia que aún no ha podido traer de Farico, su pueblo en Guinea Bissau. Y no, no ha conseguido un tractor…, “aunque sea viejo, destartalado, ya lo arreglaré”, se convence a sí mismo. Como si no hubiera pasado el tiempo, y han transcurrido ya seis años, Mamadi repite que “si tuviéramos algo en nuestro país, yo no habría salido, pero cuando no tenemos nada hay que salir a buscarlo como sea, lo que sea y donde sea”. Me deja una pregunta como prendida en un tendal de ropa sucia al sol: “¿Por qué es tan difícil, complicado, terrible, que los poderosos del planeta Tierra entiendan esto?”.

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Ricardo Alba Santamaría