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Viernes, 01 Diciembre 2023 19:07

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 27 "EL BANCO"

 El banco

 

Es una rutina contraída: a distintas horas me asomo a la ventana, el banco, como es habitual, vacío, con sol o con sombra, el banco permanece invariablemente solitario. Ningún anciano se ha sentado en él a modo de respiro en el camino, ninguna pareja de enamorados lo ha usado como refugio de sus arrumacos. Es el banco de la soledad. Si yo pudiera, bajaría al parque solamente para sentarme en el banco fatigado de listones de madera.

La ventana enrejada y doble acristalamiento de mi cuarto es el hueco por donde me entra el mundo. Tras la lluvia parece colarse el olor de tierra mojada, eso me parece a mí; el retumbo del trueno sigue al relámpago a modo de concierto de luz y percusión; los fuegos artificiales me indican el lugar de la fiesta; el vuelo de los aviones me lleva de un lugar a otro: a París, a Estambul, a Moscú. Los días se licuan con desesperante lentitud; las noches, tan repletas de estrellas que casi caen al otro lado, se echan a dormir en mi cuarto. Yo veo en la pared figuras confusas, se mueven como lagartijas, será debido al destello de los neones o seguramente al rebosamiento de mi desagüe mental, porque estoy en condiciones de afirmar que huelo a vainilla o algo así. La boca me sabe a hierro. Clarea la madrugada, las figuras desaparecen junto con las salamandras. Tengo miedo. Escondo mi rostro en las rodillas. El corazón me duele como si estuviera encajado en un zapato tres números menos.

Vaya, nos estamos conociendo sin siquiera haberme presentado. Me llamo Clara, o Violeta, según el día, según la noche. Mi cuarto es una habitación de aislamiento del hospital General de Madrid. Aquí vivo en absoluta soledad, interrumpida tan solo cuando me visitan los astronautas. Los llamo así porque me recuerdan a cuan- do con diez años vi a Neil Armstrong pisar la luna. Acabo de confesar mi edad. La televisión era en blanco y negro menos para mí, supe entonces a todo color que dedicaría mi vida a explorar. Ahora tengo frío, así, de repente, con sensación de estar sumergida en una bañera de mármol rellena de agua helada. Me gustaría acurrucar- me en los brazos de mi madre. Pobrecita mía, se ha ahorrado este sufrimiento. Siempre me decía que hay luz, aunque no se vea. Me angustia el pensamiento de estar precintada, que en la puerta de mi cuarto haya colgado un cartel: Peligro, riesgo de infección. Quiero darle al botón de pausa de mi cerebro.

Si retrocedo en el tiempo cinco o seis meses, justo cuando regresé de Sierra Leona, le cuento que me diagnosticaron infección por el virus del Ébola. Todo comenzó con una altísima fiebre, vómitos, diarrea. Una broca de acero taladraba la boca de mi estómago.

¿Qué me estaba pasando? Sentía el olor de la muerte, ¿o era que mis esfínteres tenían voluntad propia? Evacuaba desperdiciadamente. Me notaba empapada. Tengo pánico entonces, me atenaza el pánico, pero no recuerdo haber llamado a emergencias. Vaga- mente reconstruyo en la memoria inundar de sudor una extraña cápsula. Me veía a mí misma dentro.

Disculpe, me asfixio. Tengo que distraer la mente. Me acerco a la ventana enrejada y doble acristalamiento. Ahí sigue el banco, solo. Como yo. ¿Merece la pena seguir así? Un mal día creo haber pedido a los sanitarios que me dejaran morir. Las cuatro patas de forja bien asentadas en el suelo soportan el banco. ¿Los bancos de los jardines, de los parques, recordarán a sus ocupantes? El peso, las conversaciones, los encuentros, las rupturas, tanto como habrán vivido los bancos de madera. En Sierra Leona comencé la ruta en Makeni hasta llegar a Freetown para visitar el Santuario de chimpancés de Tacugama, una reserva para primates maltratados por humanos que, tras rehabilitarlos, pueden reintegrarse en la naturaleza. Ahí pasé dos semanas, colaborando en lo que podía, siempre rodeada de chimpancés en peligro de extinción; y explorando los alrededores, como el Parque Nacional de la Península de la Western Área. En Sierra Leona apenas hay bancos en el camino, no hay parques, la gente se sienta en el suelo o donde puede.

A los pocos días de mi ingreso en el hospital empeoré. No podía respirar, me ahogaba, era una agonía. Los médicos entraron en mi cuarto para aumentar el caudal de oxígeno. Entraban y salían, me atendían con evidente riesgo de contagio para ellos mismos, con cariño me suministraban fármacos, no me quitaban el ojo. Yo me decía: “Has de superarlo, has de sobrevivir. ¿Existe alguien más?”. Me decía: “Tú misma, Clara o Violeta, según el día o la noche. O sales tú o no te saca nadie”. Debo de estar en pleno delirio. Me veo en la Amazonía, en Tucumán, en el Popocatépetl, en Nepal al pie del Everest. La memoria se borra. Vuelven las lagartijas de la noche.

Esta misma mañana me he sentido bien, raramente bien. Espero la llegada de mis astronautas con el menú de mi tratamiento. Entran en mi cuarto con ventana enrejada y doble acristalamiento. Me dicen que la prueba da un buen resultado. ¿Cuál, por favor, cuál? Hay una reducción en la carga viral en el organismo, hay que dejar pasar unos días para confirmarlo con otras pruebas. Los hubiera besado, me habría abrazado a ambos, me senté y lloré y lloré y lloré.

Me acerqué a la ventana. Los sauces, arces, almendros, ciruelos púrpuras, acacias... aparecían con los colores más vivos. Resulta- ron brillantes cuando cinco días después dos médicos, vestidos todavía de astronautas, me comunicaron que el análisis da negativo, que estoy limpia.

Me dieron el alta. Podía volver a casa, abrazar a mis médicos, a mis enfermeras, a mi familia. Me encontraba débil, mucho. Dijeron de llevarme directamente a casa. Al llegar a la puerta del hospital dejé la silla de ruedas, quería caminar, respirar aire de la calle y acercarme al pequeño parque, sentarme en el banco solitario.

Despacito, muy despacito, llegué a él. No parecía el mismo que veía desde mi cuarto. La carcoma había saqueado la madera del banco, los tornillos de los listones sucumbieron a la herrumbre, los pies del soporte presentaban mermas en el acero. Es un banco viejo, descuidado, abandonado. En un extremo del asiento hay un desvaído cartel plastificado como un parche reseco con letras diluidas: ¡Ojo! ¡No sentarse, recién pintado! Entonces rompí… a llorar.

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Ricardo Alba Santamaría