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Viernes, 01 Diciembre 2023 17:24

LaS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 20 "Cuando aquel verano"

 Cuando aquel verano

 

Empujados por el viento algunos caían en el mar, otros quedaban rotos de tanto tironeo, sobre todo por la válvula, mientras el resto era exhibido por sus felices propietarios como un trofeo de caza mayor. Un pelotón de plástico, un balón de aquellos era una conquista de categoría; significaba habilidad, fuerza, resistencia, amén de agilidad para salir de estampida antes de que otros lo pinchasen.

Horacio, azuzado por el hambre, regresaba eufórico a su casa con el cuarto balón bajo el brazo. A uno por año, y eso que su madre le había advertido que basta ya de traer chirimbolos, que cuan- do no era la tapa de una cazuela de barro, era un tapón inservible de La Casera. La mujer no entendía la manía de Horacio, o sí. Cacharro que veía, cacharro para casa. Con aquella morralla Horacio se fabricaba mil y un juguetes, cualquier cosa era válida con tal de ponerle algo de imaginación, y de eso Horacio andaba sobrado.

A la hora de la siesta, Horacio se subía a lo alto de la higuera. Sabía que su hermano mayor y la novia aprovechaban ese rato en que los demás dormían para darse el pico bajo su sombra. Cuando se aburría de tanta carantoña les tiraba trocitos de madera. Como siempre, su hermano mayor le amenazaba con subir o tirarle piedras y, una vez en el suelo, darle una manta de bofetadas. Horacio saltaba de una rama a otra, cogía un par de brevas, caía lejos del alcance del hermano, se daba con las espuelas en las nalgas.

Jadeante, aun riendo a carcajadas, se sumó al corrillo cofrade de enredos. El plan de la tarde era saltar a la huerta de las monjas a coger fruta. A la de una, a la de dos y a la de tres… todos estaban encaramados al borde de la tapia. Había que otear el horizonte no fuera que... Peter, uno de los más pequeños de la pandilla, perdió el equilibrio, se agarró al bañador de Horacio —en verano, era la única ropa de mañana y tarde—, ambos cayeron a un matorral de ortigas. El sarpullido y la erupción en todo el cuerpo fueron de gloria. Peter y Horacio eran presa del ardor, el dolor y el escozor de la urticaria.

Alguien, seguramente Salvador, garantizó que la erupción se quitaba con baba de caracol. Salieron todos en tropel. Al cabo de escasos minutos habían recolectado un sinnúmero de caracoles. Con mucho mimo fueron restregando la parte blanda de los caracoles por los dos cuerpos enrojecidos hasta formar una película apergaminada a medida que se secaba. Sin quitarle mérito a los profundos conocimientos homeopáticos de Salvador en cuanto a la cura del sarpullido, la baba de los caracoles no alivió en absoluto las irritaciones, eso sí, les dejó la piel tirante, tal cual un lifting corporal, vamos.

La madre de Horacio le esperaba con los brazos en jarras. Al cruzar la puerta le dio una carantoña en el cogote; tal vez, la verdad, el mimo sonó a excesiva efusividad… porque hay que ver con este chiquillo, si es que no hace una buena, pero tú estás tonto o qué, baba de caracol, baba de caracol, anda para la bañera que ahora voy yo... A Horacio le picaba más la curiosidad de cómo su madre se había enterado del asunto que el sarpullido corporal. Casi se convenció de que las madres tienen algo de adivinas.

Mientras él se daba buenos restregones de jabón, su madre, una santa, le aplicaba cataplasmas de vinagre… y como yo te vea en la tapia del huerto no sabes la que te espera, que te quedas todo el verano en casa, ¿me has entendido?... Horacio asentía con la cabeza en tanto se secaba el cuerpo… ahora, te lo digo yo, esto te va a picar durante un par de días, así que nada de rascarse, que te vas a poner como un cristo, ¿me oyes?... Sí, la oía y le dijo que la quería, que le perdonase, que no volvería a pasar… Anda, anda, zalamero, cuando te hayas vestido pasa por la cocina y cómete el bocadillo de la merienda... ¿Cómo sabía su madre que le chiflaba la mortadela ahumada? ¿A que sería verdad lo de adivina? Se sentó en el columpio, un neumático amarrado a una rama de un ficus. Mordisqueaba la merienda a la par que impulsaba un ligero balanceo con los pies. Le asaltaba el deseo de coger un guijarro y lijarse, anda que no picaban las ronchas.

Con el horizonte ya dorado, la pandilla volvía a apiñarse en la calle. Cada uno de ellos llevaba un frasco, una caja, un bote, cualquier cosa valía. Formaban corrillo. Era el momento de las mascotas. Se formaba un notable alboroto, se desbordaban las ex- presiones de asombro. Horacio estaba seguro de que sus lagartijas habían engordado por lo menos, por lo menos, un kilo... ¡¡Halaaaa!! Venga, chaval, no te tires pegotes. Mira qué barriga tiene la mía. Esta se ha comido hoy dos lombrices, un montón de arañas que le he puesto en el frasco y una pila de hormigas… La porfía no acababa nunca, bueno, sí, a la hora de la cena.

Después, con las farolas de Alcandora, encendida una la siguiente no y así, la panda se subía a la explanada de la ermita. Allí se tumbaban en fila sobre el cemento. La cosa era dibujar figuras con las estrellas hasta que el familiar de turno avisaba de que era hora ya de acostarse…

La película de aquel verano proyectada en el cristal se confundía de cuando en cuando con el contorno de los molinos de viento empotrados en mitad de la Mancha. Se habían levantado de madrugada tras apenas dormir un par de horas. La conversación de aquella noche había sido dura, frases con la quemazón del chorro de alcohol puro en herida abierta. Poco más se podía decir ahora. Y, además, para qué. En el asiento de atrás, Horacio apoyaba la cabeza en la luneta de la puerta; alguna vez, pocas durante todo el viaje, desviaba la vista a los asientos delanteros. Sus padres cruzaron algunas palabras a la salida de Alcandora y después, silencio. Callados como él callaba.

El escenario que desfilaba a su alrededor era árido. El color terroso de las llanuras manchegas, salpicadas por tapices verdes de algunos cultivos aislados, le transportó a la ermita del pueblo. Allí donde se tiraba al cemento por las noches para mirar estrellas. Ahí mismo, cuando pasados varios veranos de aquel verano, se dijeron… a que sí, a que no, sois unos mierdicas, y tú un listo, y acabaron atragantados, tosiendo, soplando un humo que sabía a… ¿a qué sabía? Después, les dio la risa. Una risa tonta, idiota, sin venir a cuento, y las estrellas eran más, mucho más brillantes. Le cogieron el gusto y así, en las noches impares, luego las pares, y más tarde todas, le daban al canuto de la maría, pues ya sabían cuál era de la buena y cuál no.

Alguien de la pandilla, pasados unos veranos de cuando aquel verano, uno de los más felices de su vida, habló de que se estaban haciendo hombres… vamos a dejar las tonterías para los chavales, que nosotros ya tenemos bastante pelo... Y otro alguien puso un polvillo blanco en una bandeja. Hizo un tubito con un pedazo de cartón. Se lo metió en la nariz y aspiró… Ahora tú. ¿Y tú?... Horacio aspiró. A los pocos minutos comenzó a ver estrellas, iban de un lado a otro, menos mal que era de día, que si fuera de noche no le daba tiempo a verlas todas. Llegó un momento en que a Horacio se le hizo noche perpetua con estrellas mustias.

Embebido en cuando aquel verano, a Horacio le pasó inadvertido el perfil de la capital. Al cabo de un tiempo el coche se detuvo:

—¿Dónde estamos?

—En Villanueva —respondió su padre.

Casi al unísono, los tres descendieron del vehículo. Con la pequeña maleta en la mano, Horacio abrazó a sus padres:

—Os quiero —les dijo con voz desorientada.

Ninguno de ellos acertaba a encontrar las palabras oportunas. Lo más cierto, el llanto entristecido de la madre. Se encaminó con paso ya conocido al Centro de Atención Integral al Drogodependiente.

—¡Horacio! —la voz de su padre lo detuvo en seco. No se volvió hacia él, no quería que lo viera llorar. —No estás solo, cuando resuelvas esto, aquí para llevarte a casa.

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