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Miércoles, 01 Noviembre 2023 12:50

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 17 "EL ÁRBOL"

 El árbol

           

 

          Miré la flor momificada detenidamente. ¿La habría puesto ahí mi madre? ¿Tal vez mi padre quiso sorprenderla con un regalo? ¿Cuánto tiempo llevaría esa flor, ahora casi transparente, en aquel lugar? Por un momento me sentí algo avergonzado, creí estar profanando un secreto venido desde muy atrás.

Pasé varias hojas por ver si había más flores. Ninguna. Ni tan que mi madre prestaba especial devoción. Solo, tan solo, la flor entre las páginas 486 y 487. Me consumía el misal en la mano, escrito en castellano, profusamente ilustrado con preciosos dibujos en dos colores, bien encuadernado, con ornamentos pulidos en su interior, los bordes de las páginas en dorado. Reparé en la insignia de plata en la parte superior izquierda de la tapa. El labrado parecía urdido con las iniciales de mi madre. Tomé asiento en una pequeña butaca, la que habitualmente ocupaba ella para leer.

Abrí de nuevo el misal, esta vez con sigilo, no fuera a escaparse la flor. El corazón me pedía cogerla, la razón me advertía del riesgo; podía pulverizarse. El tira y afloja duró las cinco campanadas que marcaba un reloj que andaba dormido casi siempre. El campanario de Alcandora despierta cada hora y si es inevitable, en ocasiones muy precisas: repiques de misa de domingo, clamor de difuntos o el toque de gloria.

Pincé la flor muy, muy suavemente con los dedos pulgar e índice de la mano derecha. Tiré ligeramente, la flor no cedió. Volví a intentarlo, esta vez con algo más de fuerza, no mucha. Nada, parecía cosida al misal. Me obstiné en desprenderla, le puse más firmeza al tirón, la flor estaba como arraigada. ¡Qué extraño! Probé por tercera vez a liberarla, hice acopio de ánimo. Yo ya sabía que, si la flor se descomponía, lo lamentaría, o que me acorralaría la intriga si la dejaba ahí, entre las páginas 486 y 487 del antiguo misal de mi madre.

Jalé con nervio. La flor se soltó. Al ponerla en la palma de mi mano observé que se hallaba enlazada a una ramita con hojas. ¿Magia verde? Miré el misal, miré la flor prensada. Efectivamente, el tallo de la flor disecada estaba unido a otro verde, tierno, jugoso. ¿Cómo podía ser? Lo era. No quise pensarlo más, tiré de la ramita.

Aparecieron otras flores prendidas sin caer, las hojas, los tallos de otros seres en el tiempo. Llevaban el nombre incrustado en mi alma, nombres escapados de otras vidas: nostalgia, apego, tristeza…

En un andén de la ferroviaria estación de Atocha, la abuela Elena, con la maleta a su lado y erguida como solo ella sabía estarlo, esperaba la salida del tren que aún no estaba siquiera puesto en la vía. Guapísima, adelantada a su tiempo, ninguna como ella lucía la pamela. La abuela Elena era actriz, excelente actriz, y como todos los que suben a un escenario, tenía sus obsesiones. Cuando salía de gira, ella se instalaba en el andén dos horas antes de la partida del tren. En ocasiones contadas la familia se acercaba a despedirla. Yo era el mayor de la chiquillería. Desde lejos parecía…

Bueno, podría decirse que ella formaba parte del paisaje. En aquel entonces los trenes causaban fascinación, tenían el aire de haber sido manufacturados en el taller de un orfebre. Me encantaba el sonido de esa máquina grande, negra, imponente; el resoplido de su caldera, la salida del vapor por la chimenea, aquel silbato…

Verla sobre las tablas de un teatro era para mí el mayor sortilegio que podría darse. Esa magia me envolvía, hubiese querido decir a mis vecinos de asiento: «Esa mujer es mi abuela». Estaba orgulloso de mi abuela Elena.

           Luego, ya de mayor, supe de sus esfuerzos para sacar a la familia adelante: a mi tío Carlos, nacido en Melilla; a mi tío

Salvador, nacido en Filipinas; a mi padre, nacido en Barcelona. La abuela Elena viajaba, vaya si viajaba. Averigüé que

mi abuelo los abandonó, se largó con una vedette y con el dinero de la compañía, un golfo de amplio repertorio, con

esto ya está todo dicho. No lo conocí. Nada me perdí. Sí, me faltó pronto la madre de mi madre, la abuelita Mari Paz.

La bondad de su mirada quedaba escondida a medias tras unos cristales de no sé cuántos aumentos. Jamás la vi singafas.

Para una vez que se las quitó un momento yo no estaba presente, pero sí un patito de color amarillo, la mascotade todos los

hermanos. El patito se colocó donde no debió con un resultado de ¡¡¡chaaaafffff!!! Cuando me locontaron no supe medir

cuál desconsuelo era más grande, si el de mi hermana pequeña o el de la abuela MariPaz. Entre los hermanos logramos

calmar a las dos bajo la promesa de hacernos con otro patito amarillo. Así fue,tuvimos otro patito al que adiestramos en la

huida de las pisadas de la abuelita Mari Paz.Un año, yo debía tener siete,me llevó con ella a Santander bajo pretexto de que

los aires del norte me abrirían el apetito. En una foto estamos losdos en los jardines de Piquío, yo con traje de pantalón

corto, la verdad es que no me veo tan delgado.

Bien, el asunto consistía en engordarme y qué mejor para ello que el aire de la montaña y los baños de mar, un mar Cantábrico al que recuerdo con muchísimo respeto, las olas eran o me parecían inmensas, así que prudentemente me quedaba en la orilla con la consiguiente insistencia e impaciencia, raro en ella, de la abuelita Mari Paz. A qué grado llegaría la cosa que sin yo saberlo recurrió a un grupo de jóvenes para que me dieran un cole, un remojón, una aguadilla; oye, mano de santo. El mar, la mar, forma parte de mí; quizás yo de ella, no podría vivir sin ver el mar, la mar.

Tras el instante mágico en que mis ojos se abrieron en el mar, no me fue más posible ver, pensar, vivir como antes, comentó alguna vez Jacques-Yves Cousteau.

Mari Paz, la abuelita, nacida en Santander, matrimonió con un legionario también santanderino. Mi madre siempre habla de él como de un ser excepcional y yo no tengo por qué dudarlo. Al morir en el Cuartel de la Montaña, en el asedio a Madrid, durante la Guerra Civil, dejó viuda a la abuelita y huérfanos a la tita Carmen, al tío Joaquín y a mi madre.

Para nosotros, la Tita Carmen era nuestra segunda madre, tal vez nosotros éramos para ella los hijos que no tuvo. Monja de vocación frustrada por su frágil salud, dejó el convento para hacerse enfermera, muy buena enfermera, requerida en los quirófanos de grandes hospitales. Salió del noviciado sin dimitir por ello de una vida religiosa llevada a extremos fuera de lo común. A sus sobrinos, es decir, a mis cuatro hermanos y a mí, nos quería con locura, también llevada al extremo. Un ejemplo: cuando cualquiera de nosotros cinco llevábamos amigos a casa, ella, la tita, pegaba un vaso a la pared de la habitación contigua y al vaso pegaba su oreja. Nos vigilaba, ¡quía!, acechaba cualquiera de nuestros planes infantiles-juveniles. Sin ella proponérselo, o sí, que pudiera ser, seguía nuestros pasos. Para la tita Carmen solo había una senda: la religiosa. Todo era pecado excepto lo que a su buen entender quedaba conforme a la estricta moral católica. Ciertamente, la tita Carmen recibió de todos nosotros un cariño inmenso. No la podremos olvidar jamás, como tampoco olvidamos el agobio al que nos sometió. Era superior a ella.

El tallo con sus hojas verdes se iba enrollando en el suelo a medida que tiraba de él. ¿Cuánto de profundas serían sus raíces? Recordé haber leído que las del árbol de los pastores, en pleno desierto del Kalahari, tenían una longitud de sesenta y ocho metros. Se descubrió mientras se excavaba un pozo. Son las que más se adentran en la tierra en busca de agua. ¿Hasta qué diminuto arbusto de generaciones alcanzarían las raíces alumbradas al abrir el misal antiguo de mi madre?

           Me pareció que se hacía un otoño dolorido, que las hojas serían más ocres, más resecas y amarillas y, sin embargo, jamás olvidadas. No quise, no pude o no supe seguir. Cerré el misal, quedando otros nombres incrustados en mi alma.

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Ricardo Alba Santamaría