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Miércoles, 18 Octubre 2023 13:17

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 15 "UN MAL PASO"

 Un mal paso

 

 

Pálido, sudoroso, angustiado, inmóvil, maldijo la pertur­bada decisión de refrescarse. A un par de metros de la senda, el pozo lo llamó como las sirenas a Ulises. Se desplazó cuatro pasos a la derecha. Al comenzar el quinto, percibió la señal en el cerebro: clic. Se paralizó entero. Pisaba una mina, una de entre aquellas miles que los talibanes dejaron enterradas en su huida. Contuvo la respiración. Sabía lo que ocurriría si la presionaba ligeramente o levantaba el pie. El pánico le enmudeció. El grupo continuó la marcha en fila de a uno detrás de otro, con la pisada puesta en la huella de delante. Los compañeros, sin percatarse de la fatalidad, eran ya un punto en la lejanía. Inútil gritar.

Amanecía en Afganistán, el cielo tenía pinceladas de tenue color rojo, como el de los pétalos escarchados de la flor de manzano. El destacamento español, junto con tropas afganas, partía de la base de Herat con la misión de mantener la seguridad en Awbeh. Habían dejado atrás Karokh, atravesaban lo que pudo ser una pequeña aldea ahora convertida en ruinas abandonadas, a su alre­dedor, sol y arbustos secos. Se reconocían perfectamente las mar­cas dejadas al paso de los vehículos de la infantería mecanizada. El sargento Juan Nogueira no quería estar ahí y, sin embargo, lo estaba. Inmóvil. El casco abrasaba como un microondas, el sudor le bañaba el rostro, le escurría por el cuello: «Cuando adviertan mi ausencia regresarán a por mí, es cuestión de aguantar un poco», se repetía una y mil veces.

Sentía entumecida la pierna derecha. Juan Nogueira llevó de nuevo la mente, lo hizo desde el primer momento, a su familia. Su mujer, Carmen, y su hijo de dos años, Iván, estarían posiblemente en la playa. Vivían en Alcandora. «Allí serán las diez y media, aquí hemos pasado ya el mediodía», se dijo para sus adentros. Le vino sin más a la mente la canción que le cantaba a Iván para dor­mir, Aserrín, aserrán. Escuchó un ruido entre los escombros. Juan Nogueira no movió ningún músculo de su cuerpo. Un sobresalto incontrolado sería su muerte. Era un perro, se trataba de un vul­gar y enflaquecido perro que se encaminó despaciosamente hacia el sargento… «por Dios, no, que no se me acerque». El sargento Nogueira pidió a Dios, a cualquier dios, que el perro no se apoyara en su pie o en su pierna, que el chucho no se cargara en él. El pe­rro escuálido se acercó, olfateó alrededor del hombre, le lamió los pantalones, ahora se levantaba solo sobre sus patas traseras. Una piedra, lanzada desde quién sabe dónde, impactó en el animal. El perro corrió hacia el desierto, Juan Nogueira quedaba exhausto. Inmóvil. Se orinó. Lloró.

A las cuatro de la tarde, en el desierto de Afganistán el sol mata. Juan Nogueira seguía esperanzado en ser rescatado por sus compa­ñeros, aunque notaba que no le quedaba mucho tiempo. En pocos minutos sentiría espasmos, mareos, terminaría agotado. Así, como en la lejanía, escuchó un susurro: «La mente me falla», dedujo. El sonido se le hizo más claro, más cercano. Borrosamente apreció una figura, era menuda, ¿un niño?, ¿una niña? ¿Aquí?

El contorno se hizo diáfano a su vista según avanzaba. El sar­gento Nogueira percibió al niño con claridad. Llevaba pantalón corto roto y una camiseta raída del Barça. Iba descalzo. El niño se quedó observándolo en cuclillas a un par de metros de distancia. Parecía una estatuilla de jardín, no se movía, al parecer estaba dis­puesto a continuar así hasta quién sabía cuándo.

—¿Qué haces ahí? —preguntó Juan con voz inquieta.

—Te miro —contestó el niño.

—¿Tú le tiraste la piedra al perro?

—Sí y le atiné, si no…

—Gracias. Dime tu nombre. Yo me llamo Juan.

—Hola, Juan, yo me llamo Haidar.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez.

—¿Por qué no te acercas, Haidar?

—Porque me matarás.

—¡Cómo que te voy a matar! No soy un asesino, soy un militar. Además, mira en qué situación estoy.

—Sí, lo tienes difícil —muy difícil, pensó el niño… min alsaeb jiddaan.

—Haidar, el que va a morir soy yo. Ven, por favor, acércate, tengo que darte algo para mi familia, para que tú se lo entregues a mis compañeros, si no llegan a tiempo.

—Prométeme que no me matarás.

—Te lo prometo, Haidar. Corre tanto como puedas en cuanto hayas cogido esta cartera.

Haidar se irguió, avanzó tres pasos y se detuvo al alcance de la mano de Juan. Ambos clavaron sus miradas férreamente en el instante de una eternidad. Se ensartaron la una en la otra como púas de erizo. Entendieron sus mundos. Descifraron emociones. Hilvanaron las sombras que cada uno de ellos proyectaba con la puesta de sol. Haidar se giró, echó a correr.

—¡Haidar! ¡Haidar! —le gritó alteradamente Juan Nogueira.

Haidar se perdió entre los escombros. A los pocos minutos re­gresó con la camiseta, a modo de saco, repleta de piedras planas, maderas… Dejó caer la carga a prudente distancia de Juan No­gueira. Se le acercó, se agachó, le rodeó, se levantó:

—Como de todos modos vas a saltar por los aires, vamos a probar —le espetó a Juan.

—Haidar —le ordenó Juan con tono enérgico—, no hagas locu­ras y vete de aquí antes de que reventemos los dos.

 Haidar se hizo el sordo, prosiguió su tarea de sustituir con pie­dras, maderas y palos la presión que Juan hacía sobre la mina. Pri­mero, con muchísima lentitud y en círculos cada vez más próximos al artefacto, despejaba el terreno de arena y restos de arbustos. Mientras tanto, le contaba a Juan Nogueira:

—Aprendí español porque mi madre era española, de Toledo. Pero nunca fuimos allí —Haidar apilaba piedrecitas lisas, muy li­sas—. Mientras preparábamos el viaje comenzaron las bombas, los cañonazos, los disparos. Después la lucha cuerpo a cuerpo, de casa en casa, de pared en pared. Tuvimos que huir de Maymanah. A la de tres levantas un milímetro el pie, ¿podrás? Y tres... A mi padre lo mataron, nunca supimos de dónde vino el disparo. Mi madre se quedó con él, había que darle un entierro digno, un buen funeral. ¿Probamos otro milímetro más? Buff… aún no hemos re­ventado. Mi madre me mandó a casa de mis parientes en Charikar, cerca de Kabul. No pude llegar. Luego supe, aquí el viento trae las noticias, que mi madre también murió en un ataque de los taliba­nes. 

              —Esto ya está. Qué, Juan, ¿lo intentamos…?

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Ricardo Alba Santamaría