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Lunes, 02 Octubre 2023 18:19

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA – CAPÍTULO 13 “HABITACIÓN 111”

Habitación 111

Norberto, tan incrédulo como ansioso, se hizo un considerable mazo con ejemplares de El Capitán Trueno, El Jabato, Hazañas Bélicas, Pulgarcito, Mortadelo y Filemón, El Guerrero del Antifaz, el TBO… De esto y lo siguiente hace mucho, eran tiempos con enfermedades hoy erradicadas.

 

Tres años más tarde se repitió la misma escena. Al mazo de tebeos le añadieron un coche eléctrico al que se le encendían las luces. A Norberto todo esto no le hacía mucha gracia, le daba mala espina. Si la vez anterior estuvo ingresado en el hospital por difteria, qué tendría ahora para tanta abundancia. Paperas.

 

Quiero decir con esto que, a Norberto, ya desde niño, le era familiar la estancia en hospitales, estaba curtido. Hombre, no es cuestión de exagerar, lo acostumbrado: operación de apendicitis, intervención de hernia discal, una angioplastia coronaria e implan te de un stent en la aorta, una septicemia por infección, en fin, repito, lo rutinario si no fuera por las periódicas infecciones de orina que cursaban con fiebre altísima y que recomendaban el consiguiente ingreso hospitalario.

 

Norberto era conocido en el hospital de Alcandora. Especialmente en Urgencias. Una vez pasado a planta seguía siendo conocido. Tres o cuatro días en la habitación enchufado al porta suero con la vía intravenosa en una mano y a casa, hasta la próxima. Sin embargo, la penúltima de sus estancias se prolongó más de lo deseado por él; se conoce que la infección había agarrado con fuerza. De modo que por la habitación 111, la que Norberto ocupaba, desfilaron pacientes que iban recibiendo el alta médica.

 

En una de mis visitas Norberto me comentó que escribía un diario. Se lo pedí. Lo leí. Le pregunté si tenía inconveniente en que me dejara publicarlo, no puso ningún impedimento. Sus notas comienzan el:

 

Día 23 de noviembre:

 

Desde mi cama solo alcanzo a ver si el día es gris o luminoso. Estoy en el hospital de Alcandora atacado por una bacteria que me ha infectado la orina. Fiebre, dolor, cuerpo molido… En el pasillo alguien habla de que se arrojan bombas indiscriminadamente sobre la ciudad siria de Alepo. Una enfermera me administra antibiótico, suero y un protector gástrico. Deposita sobre            la cama una toalla, esponjas secas para asearme y un pijama limpio. Dicen las mismas voces del pasillo que una de las bombas ha destruido un hospital. Acabo de desayunar e inmediata- mente recibo la visita del médico. Me escucha atentamente. Él me hace varias preguntas. Me aclara que hay progresos contra la enfermedad que me tiene hecho un trapo. Oigo que ya no hay ningún hospital en Alepo. Han bombardeado el único que quedaba en pie. Ha habido muchos muertos, niños entre ellos. No hay medicamentos en Alepo.

 

Día 24 de noviembre:

 

El enfermo con el que desde hace un par de horas comparto habitación es un inmigrante. Salió de Malí, recuerda que ya han pasado nueve años de cuando entonces. La enfermera me toma la tensión, la temperatura; deja sobre la mesilla las pastillas con el desayuno. Me acerco al cuarto de baño, me aseo, me cambio de pijama.

 

Kulivalí es de piel negra, todo el cuerpo negro renegrido, excepto las plantas de los pies y la dentadura. Desde su cama me dice que tiene miedo, le han diagnosticado diabetes. Vuelvo a dormir un rato. La enfermera me despierta, ha de extraer- me sangre. Me hacen analíticas diarias. Le pregunto a Kulivalí cómo se encuentra. Repite que tiene miedo a que le echen del trabajo por haber faltado más de dos días. ¿Cómo puede ser?, le pregunto. Comenta que así son las cosas para ellos. La hora de la comida, sopa de fideos, pechuga de pollo y yogur; agua y pastillas.

 

 

Kulivalí me cuenta que llegó a España en patera. Él y los que iban con él tardaron ocho días en la travesía desde Mauritania a la península. El patrón perdió el rumbo. No tenían comida ni agua. Un enfermero le trae a Kulivalí un manual de instrucciones para que vaya asimilando qué alimentos no puede tomar, el modo de medirse el azúcar, cómo inyectarse la insulina. Le digo a Kulivalí que se lea las indicaciones, que las debe seguir de por vida. Kulivalí me relata que tuvieron que arrojar al mar los cuerpos de los que morían en la patera. Él bebía sus propios orines con tal de no tomar agua de mar. ¿Tuviste miedo, Kulivalí? No, o moría en África o en el mar. Ya llevo cinco años aquí.

 

 

Kulivalí no tuvo miedo a la muerte en una situación extrema. Sin embargo, teme, y mucho, que cuando le den el alta no tenga ya trabajo. Me siento mal. Noto un tremendo agujero en la tripa. Voy al baño. Tengo diarrea de bilis. La enfermera enseña a pincharse a Kulivalí. Le hace repetir la maniobra una y otra vez. Kulivalí sonríe, no es tan complicado como él pensaba. También le enseña a medirse el nivel de azúcar. De nuevo me toman la temperatura y la tensión. Dejan en un pequeño vaso de plástico mi medicación para la noche. Al poco, traen la cena. Después el aseo, breve conversación con Kulivalí y a intentar dormir.

 

Día 25 de noviembre:

 

Una luz blanca me hace abrir los ojos. Miro la hora, las 07:00. Recuerdo haberme levantado cuatro veces para orinar durante la noche. De nuevo la rutina: tensión, temperatura, ex- tracción de sangre, aseo, desayuno… A Kulivalí le dan el alta. El doctor le da una carpeta con informes para el médico de familia. Le comenta que no deje de inyectarse la insulina y que nada más salir del hospital vaya a su Centro de Salud.

 

 

Kulivalí se despide apresuradamente. Con precipitación abandona el hospital. Yo dudo que haya ido directamente al Centro de Salud, creo que primero habrá ido a implorar a su amo que no le deje sin trabajo. Mi mujer y yo pasamos el resto del día solos en la habitación, sin ningún enfermo en la otra cama. Conversamos, leemos…

 

Día 26 de noviembre:

 

La llegada de un paciente para compartir habitación rompe la rutina. Se trata de Antonio, jubilado de la Guardia Civil, al que han ingresado afectado de cólicos intestinales. El hombre, buena persona, es sordo; de modo que hay que elevar el volumen de voz a cada momento. Experimento bastante mejoría, incluso tengo apetito. Afortunadamente, el televisor no funciona, con la sordera de Antonio habríamos tenido que elevar el volumen a tope. Manuel pasa dormido casi todo el día. Cuando no, sale a pasear por los pasillos.

 

Día 27 de noviembre:

 

Al despertar me incorporo ligeramente de la cama. Aún es de noche, todo está oscuro, miro mi reloj y son las 05:00. Vuelvo a intentar dormir. Al rato, toma de temperatura, tensión, aseo, desayuno… Otro día más. El médico de Antonio le informa de que esa misma mañana le dará el alta médica. Viene a recogerle su hijo, también Guardia Civil. Conversamos de esto y aquello, de cómo vigilan la costa, de los impuestos. El médico le entrega informes y pautas a seguir. Nos despedimos deseándonos suerte.

 

A primera hora de la tarde retiran la cama que ocupaba Antonio. Instalan en la habitación otra cama, depositan sobre ella varios aparatos. En silla de ruedas, empujada por un celador, aparece un hombre delgado, pálido. Vacían la cama, elevan el respaldo hasta casi ponerlo vertical y colocan al enfermo. Le conectan no sé cuántas máquinas. Jhon, británico residente en Alcandora padece insuficiencia respiratoria. Necesita respiración asistida, ventilación mecánica. Tiene que tomar oxígeno. Su mujer, Carol, le acompaña. No hablan español, mi inglés es confuso. Dialogamos con las miradas.

 

 

Día 28 de noviembre:

 

No he pegado ojo en toda la noche. El ruido de la máquina no me ha dejado dormir. A John le sedaron. El hombre tenía que descansar. Le miro. Lleva una máscara adosada a la cara con un tubo que le da oxígeno. Me siento triste. Como todos los días, tomas de temperatura y tensión, extracción de sangre, aseo, desayuno… y el médico me da la buena noticia: ¡que no hay ya infección y que me voy a casa! Llamo a mi mujer. Viene a recogerme. Me visto de persona.

 

Hasta aquí, las notas de Norberto. Debo comentarles que, pasado un tiempo, un prestigioso urólogo le solucionó a Norberto las recurrentes infecciones urinarias. Ahora se recupera de una intervención quirúrgica en la columna que le ha sido practicada por un traumatólogo excelentemente notable en su especialidad. Pero esta es otra historia, que diría Moustache en Irma, la dulce.


 

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Ricardo Alba Santamaría