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Miércoles, 20 Septiembre 2023 19:08

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA – CAPÍTULO 11 ‘LAYLA, SEXO DE ALQUITRÁN’

 

 

Con falda muy corta o camiseta muy larga, un hilo por tanga, los ojos tirando a claros, ella dice llamarse Layla o Bianca o Natacha, qué más da, a ella le importa un guano cómo la llamen; mientras le paguen, cualquier nombre es bueno. “Tengo veinte años, te lo juro”, veinte años y señales en algunos dientes de meterse en el cuerpo colocones blancos… “Tengo que aguantar mucho, sin eso no podría pasarme horas y horas”.

Viene del Este, de cualquier Este, está aquí por dinero, así de claro, así de simple. Sabe lo que es, lo que hace; aunque no sabe que Cela también las bautizó con los nombres de izas, rabizas y colipoterras. Se ríe con estas palabras, intenta repetirlas: “Se lo contaré a mis amigas, son nombres divertidos, siempre nos dicen putas, es aburrido”.

En España no tiene familia, se tiene a ella misma y a un cliente fijo: “Me trae y me lleva a la ciudad todos los días”. Un cliente, un chófer, un chulo, cualquiera sabe; a un tanto por ciento en billetes o en carne. A esta mesalina de botas con tacón de aguja no parece importarle nada, está en su mundo, ajena a todo menos a prestar servicios a los clientes y cobrar el dinero. “Aquí no, pero en mi país me daban golpes, me quitaban el dinero. Antes los euros y después lo que sea”.

          Lástima para ella no haber nacido Cleopatra ni apellidarse Borgia, la cosa le hubiera ido de otra manera, aun dedicándose a lo mismo. El tiempo, su tiempo, la ha puesto en la cuneta de la carretera. “Yo no fui a la escuela, no estudié, me dedico a esto y cuando tenga bastante dinero, adiós”. A veces parece una sombra silenciosa.

En su cabeza debe llevar una placa de acero inoxidable grabada con la cantidad de euros necesarios para el retiro. Llegar a la cuantía precisa es cuestión de servicios. “Esta carretera da para unos diez servicios diarios, hay más chicas, hay que repartir. A uno le gusta una, a otro le gusta otra, o el precio, según. Aquella, la primera, es muy cara, me dicen los clientes”.

Layla o Bianca o Natacha deja caer que con la crisis no se puede aspirar a mucho dinero y que lo que más le piden a ella es el francés. “Sí, es una cosa rápida, ni el cliente ni yo tenemos mucho tiempo. Muchos van o vienen del trabajo y hacen una parada”.

          En lugar del cafelito, un alivio, aligerar el sofoco y ¡hala!, a seguir con la faena: “Me encuentro de todo, jóvenes y mayores. A mí me da igual, ellos saben por qué paran y me suben al coche. Nada de conversación, yo pregunto ¿qué quieres, guapo?, ellos me lo dicen, les pongo el Durex y ya está”.

A unos cuantos metros de la carretera, entre árboles a modo de coto prostibulario, no se ve ninguna fuente, ninguna casa, ni un chamizo, nada que haga pensar en un mínimo de higiene: “Yo tengo botellas de agua y jabón ahí detrás, en el hueco de ese árbol. Cuando el cliente se marcha me lavo”.

Entre árboles y descampados se mueven algunos coches, seguramente de los escoltas que velan por las trabajadoras, que no haya incidentes, no interesan jaleos; cuanta más tranquilidad, menos problemas. “No le hago daño a nadie, el que quiere para y el que no, no para. No me gustan los que vienen con alguna copa de más, traen complicaciones”.

Se alisa la melena mientras confiesa creer que sus padres saben a qué se dedica. Nunca se lo han preguntado, nunca se lo ha dicho, apenas habla con ellos, una o dos veces al año. Se niega a mirar hacia atrás: “El día que repartieron las cartas, me tocaron estas. Ni buenas ni malas, fueron estas y se acabó, no hay que culpar a nadie”. Tiene una moral acomodada a sus pautas de conducta, a su forma de encontrarse con la vida. Elude hablar de sentimientos, de emociones: “Se van perdiendo, un día te encuentras que esto es lo que hay y que todo es mecánico y que solo te salva el dinero, el dinero”.

Layla o Bianca o Natacha camina por la carretera moviendo la cadera con cierta exageración, indiscutiblemente efectiva. En ape­nas dos minutos se detienen varios coches. Los conductores inter­cambian con ella un par de palabras. Sube a uno de los vehículos, indica el camino. Layla o Bianca o Natacha y su cliente se pierden de vista en los adentros de un raquítico bosque. Un servicio más, con suerte un servicio menos para el retiro…

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Ricardo Alba Santamaría