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Lunes, 11 Septiembre 2023 20:01

Las ovejas duermen en familia – Capítulo 10 ‘Tres pastores con el ‘berimbó’

Tres pastores con el berimbó

 

A Paco no le gusta el nombre de Moro, pero, a ver, cuando lo compró venía con ese nombre, y ya no se lo iba a cambiar. Paco asegura que el perro vale más que las ovejas. A lo que se ve, es un perro con mucha fe, trabajador. Paco es pastor de ovejas, vida dura, vida muy ‘arrastrá’ desde que, a los seis años, y va derecho a los sesenta y dos, se puso a pastorear.

Sierra Grande, al otro lado de Alcandora, tiene hoy color verde rústico, nunca lo ha tenido verde pirenaico ciertamente. Hoy Sierra Grande es una tierra tensa, acartonada, cruje en cada pisada. Sierra Grande está seca, mustia, es la sequía quien la marchita; a ella y a sus habitantes. Las aves migratorias vuelan en círculos extraviados, la foto de su temporalmente hábitat acostumbrado no es la misma, ha cambiado. El viento de Sierra Grande pide agua.

A media tarde, cuando el sol luce sin dar calor, Ramón, pastor desde que nació, le va a dar la vuelta a su rebaño camino del corral. El silo con el pienso está cerquita, en las estribaciones de la Sierra, apenas a un par de kilómetros pasada la parte de atrás de Alcandora. Ramón se acompaña de Mariano, uno de sus nueve hermanos, los dos con gorra para protegerse del sol y con bastón con el que hacer más llevadero el camino.

El rebaño de Ramón cuenta cuarenta y pico ovejas y trescientas cincuenta cabras. Ahora no están todas, con la sequía la cosa está fatal. “¡Eh, pásate p’allá!”, el perro sale flechado, el hato se ondula como el aire agita el trigo de primavera cuando está grande, en una ola de colores: blanco, negro, marrón y rojizo. Acompaña la marcha el sonido de varios cencerros.

El perro pastor del pastor Ramón es eso, un perro pastor sin más, de nombre Sandi. Ramón tenía dos perros, a uno le llamaba Pantoja y a este Sandi, de Zaldívar, fue cuando Julián Muñoz se separó de la mujer. “¡¡¡Fuiiiiiiiuuuiiiii…!!!”, Sandi responde a la carrera, vira en redondo, conduce al redil a las ovejas, a las cabras remolonas. Ramón sale con el rebaño a partir de las dos y media de la tarde, si no pillan nada para qué van a salir, están deseando pillar algo verde. A falta de otra cosa, se están comiendo el gramaje de la tala de olivos. Mayormente las saca para que tomen una miaja de sol porque de pasto, nada. Ramón y su hato de ovejas y cabras recorren entre cinco y seis kilómetros diarios; sobre todo, lo dicho, para que se muevan y noten el calor del sol.

Paco camina catorce o quince kilómetros diariamente, allá por los montes de Sierra Grande en ocasiones, y en otras por donde le pille. Siempre solo: «Cuando estás por ahí, piensas en todo, en la mujer, en mis hijas, en la vida. Hay veces que me aburro, pero qué hago, me gusta esto, me he criado en ello y me gusta». Una oveja está criando un cordero recién nacido: “Moro, Moro, andá p’allá. ¡Yeyei, Moro!, ¡la cuneta!”.

El buen pastor conoce a las novecientas ovejas que lleva en el rebaño. A su decir, las hay mejores y peores: «En sitio de mucho monte a lo mejor una va a criar, se ha quedado en un hoyo escondida y no la ves, pero no se me pierde ni una, las conozco a todas». Paco no le quita la vista al rebaño. Con gestos, silbidos o palabras sueltas controla a las ovejas, ordena al perro; la manada está tranquila.

Caían más de treinta y menos de cuarenta. A Diego, pastor de profesión y de vocación, tanto le dan cinco grados más o cinco grados menos. Hoy es un sufrimiento pararse al sol, ni una sombra en centenares de metros a la redonda. Tan solo cabras, ovejas y el desierto con algunos matorrales desperdigados. Diego lleva un sombrero campero de ala ancha con la leyenda San Isidro 2003 en la cinta de color verde. Le resguarda la cara del sol casi hasta la barbilla. Al mirar se le entornan los párpados de tanta luminosidad.

Diego sale con el rebaño todos los días a las ocho de la mañana, regresa pasado el mediodía para volver al campo a eso de la hora de la siesta y ya, hasta la anochecida. “¡¡¡Mona, Mona, que se va aquella!!!”, de un pequeño talud sombreado aparece ligera una perra. Diego lleva mal que le pregunten la raza de la perra, es como si le preguntaran por marcas de frigoríficos o lavadoras. Una vez se puso de parto, cuatro días le faltó. Cuando volvió, Diego ya no hacía juicio de ella, se decía que la habría pillado un coche o algo así. No dormía de noche, no podía pegar ojo. Se sentaba a la espera en el corral. Cayó en la cuenta de que las ovejas y las cabras duermen en familia. “Vaya, se dijo, entre ellas se conocen, se juntan, saben de quién es cada una”. No le dio más vueltas, su pensamiento estaba puesto en Mona.

Diego descansa a la hora de comer y a la hora de dormir. El resto del día, entre sacar el rebaño al campo, recogerlo en el corral, poner pienso si la cosa ha ido mal, se le pasa rápido; es más, está seguro de que cuando más anda, también más fuerte está y que seguirá andando hasta que el de arriba quiera. Ni radio, ni libro, nada, su rebaño y el campo que, por decir como él dice: «Este trabajo no es aburrido, es como todos los trabajos, es cogerle el berimbó, que te guste lo que haces. Luego, así de corrido, lleva la cuenta de las ovejas y cabras que habrá comprado y vendido en setenta años: “Hijas, madres, el Espíritu Santo. ¡¡¡Mona, va p’allá!!!”

En el cruce de la Trabanquera, a la hora de las nubes rojas, los tres paran en el camino. No hay mucho que contar, que si Ramón ha visto un águila dando vueltas por la laguna seca; que si Diego se ha cruzado con un coche militar mientras subía al cabezo del Piru; que si Paco habló esta mañana con su hijo y que no, que no quiere ser pastor.

 

 

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Ricardo Alba Santamaría