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Jueves, 03 Agosto 2023 13:28

Las Ovejas Duermen en Familia - Capítulo 1 'Mi rusa y yo'

Mi rusa y yo

Svetlana me llegó por internet. Me la presentaron sus hijas. Reconozco mi incapacidad para recordar cómo dijeron llamarse y Svetlana no las mencionó jamás por su nombre. El encuentro fue algo confuso, acelerado; no obstante, agradecí inmensamente a las dos el detalle, sé que de otro modo ni Svetlana ni yo nos hubiésemos podido saludar.

En un atropellado monólogo, ambas hermanas dejaron entrever que habían encontrado la casa mediante un anuncio en las redes, que su madre se quedaba sola, que ellas me daban su teléfono «por si se diera acaso un aquel» y que si yo podía facilitarles el mío y mi nombre: Samuel. Y adiós, se fueron, que se les iba a hacer de noche en la carretera. A mí me dio como si en lugar de dejarla en una gasolinera la aparcaron aquí, en Alcandora. Debieron concluir que este pueblecito costero era el indicado para depositarla.

A primera hora de la mañana salí de casa. El sol ya picaba, es lo que suele hacer el sol en Alcandora todo el año. Por encima del seto de aligustre hallé a Svetlana cavando parte del jardín con una azada. De inmediato me fijé en sus piernas, muslos poderosos, en sus pantorrillas nervudas distinguí cada una de sus fibras, con las que seguramente se podrían hacer cuerdas de guitarra. Como remate, feísimo, le vi los pies contraídos, con los dedos superpuestos, parecían un manojo de habas retorcidas. «Hola, buenos días», y Svetlana se giró hacia mí. Me miró entero y no precisamente como al Cristo de Medinaceli; a su lado un perrazo de tamaño descomunal.

          Yo le mantuve la mirada, a ella, como marcando territorio. Era de estatura más baja de lo que recordaba de la noche anterior, los ojos tenían color gris intenso, el cabello, canoso plateado, lo recogía en un moño. Aparentemente, Svetlana ya no cumplía los setenta, tal vez tampoco los setenta y cinco, nunca lo supe. Con un gesto de saludo me di media vuelta. La rusa volvió a la azada, yo enfilé al centro de Alcandora.

Una tarde, terminadas mis tareas, salí al jardín. El seto de aligustre era la única barrera entre el de Svetlana y el mío. Nos vimos, nos miramos, nos callamos. Este bucle se repitió durante varias tardes. Al fin, ella habló. En ruso: «Dobry den», dijo. Yo entendí ‘dobridín’ y con ‘dobridín’ le respondí, por educación. Ella se llevó la mano a la boca y soltó una sonora carcajada. Me reí de su risa, fue una manera como cualquier otra de comenzar una relación de vecindad; así, en el universal idioma de la mímica, del gesto, de las señas y las muecas. Lo que me quedó claro es que el perrazo se llamaba Hesperión. La verdad, nunca había visto un perro de comparable tamaño, se me ocurrieron barbaridades de cruces para conseguir un prototipo de tales características.

          Ya fuera mañana o tarde, percibí que Svetlana acechaba mis entradas y salidas de casa. Era su oportunidad de preguntarme cualquier cosa que, naturalmente, yo no iba a entender. Terminé con la compra de dos diccionarios español-ruso y ruso-español. Uno para ella, el otro para mí. Bueno, esto cambió un poco la cosa, si bien una plática que en el mismo idioma nos habría llevado tres minutos, a nosotros nos ocupaba horas. El diálogo iba de esta manera: palabra… diccionario, diccionario… palabra; y así. Como a mí se me trababa lo de Svetlana y a ella le costaba pronunciar Samuel, quedamos en abreviar a Lana y Sam.

A lo largo de varios meses, cuando la oportunidad lo consentía, Lana y yo, diccionario en mano, conversábamos en cualquiera de los dos jardines, el que más sombra tuviera en ese momento. Así supe que ella había sido primera bailarina en la Compañía de Ballet Bolshoi de Moscú, de ahí sus piernas y sus pies, que hubiera recibido clases de Maya Mijáilovna Plisétskaya, que hubiera recorrido el mundo y bailado tanto. Lana se perdía en esos recuerdos, olvidaba el diccionario y me contaba en ruso lo que en su idioma yo no podía entender. Sin embargo, por sus gestos, el brillo de la mirada o el movimiento de sus brazos yo podía imaginar. Fruto de otras conversaciones conocí que se divorció de su marido, director del Teatro Bolshoi, el día que de tanto vodka bajó de culo las escaleras del teatro y a ella le propinó una severa paliza. Nada decía de sus hijas, solo que ambas habían encontrado Alcandora por internet. Tampoco me invitó nunca a entrar en su casa. Sería por los gatos, sí, Lana tenía dos de Angora en una habitación especialmente habilitada para felicidad de los felinos; así me lo dio a entender. De cuando en cuando, en total silencio, disputábamos una partida de damas. Siempre me ganó, era una consumada ajedrecista, me lo dijo al renunciar yo a volver a jugar tras perder una vez y otra. Qué astuta.

Pasado el tiempo, un día con mucha humedad, me dio por pensar, vaya…, esas cosas en las que a uno le da por pensar, y pensé en la soledad de Lana. Le compré un teléfono móvil. Seis días me llevó enseñarle el manejo. Y no era un smartphone. Le puse marcación fija: el 1, la hija mayor; el 2, la menor; el 3, urgencias médicas; el 4, Policía Local de Alcandora; el 5, yo. Ignoro si sabía pulsar las teclas de los otros números, la del mío doy fe que sí. Llegó el momento en que con una sola palabra suya sabía yo lo que quería o sucedía. Por ejemplo, ella decía Hesperión y yo entendía que el perrazo se había escapado, tocaba buscarlo; ella decía luz y yo sabía que Lana había conectado todos los electrodomésticos de la cocina a la vez y, por tanto, saltado el diferencial. Ella, la mujer, me obsequiaba con dulces caseros. En fin…

Un buen día, al llegar a casa, me atracó un tufo fétido y extraño. Venía de la de mi vecina, Lana. Me acerqué. Llamé. Abrió. Diccionario: «¿Qué cocinas?». Diccionario: «Comida perro y gatos». En ese momento deseché el diccionario, en un español perfecto le dije que no cocinara lo que fuese que tenía en el puchero, que se iba a llenar la zona de animales atraídos por el olor. Debí ser un energúmeno, porque me cerró la puerta y siguió a lo suyo. A las pocas horas estábamos rodeados de perros, gatos, jabalíes, zorros, conejos y todo animal que habitaba la sierra; habían bajado a comer, a cenar en este caso. Llamé a la Policía que, a su vez, llamó a una protectora. Un desastre. Lana se enfadó mucho, pero no volvió a cocinar aquel guiso nauseabundo. Incluso dejó de llamarme.

             De cuando en cuando era yo quien llamaba: «¿Todo bien?». «Sí». Poco a poco todo volvió a recomponerse con tímidos saludos, al reinicio, y luego más afables pasados unos días; por fin fueron normales al cabo de unas semanas. Y con ello regresaron sus llamadas, nada especiales, lo de siempre.

Sin embargo, un día me extrañó no recibir ninguna. Tampoco era una obligación, más bien un alivio. Al regresar a casa me fijé en que la suya tenía todas las persianas bajadas y que la única luz encendida correspondía a la habitación de los gatos de Angora. Hesperión dormitaba en la puerta. No le di mayor importancia. A la mañana siguiente, al salir de casa, todo permanecía como la noche anterior. A medio día llamé a Lana. No respondió. Pasadas un par de horas volví a llamarla con idéntico resultado. Aquello me olió peor que el mejunje que atrajo a la fauna de la sierra. Avisé a la Policía Local de Alcandora.

Me encerré en casa. Sentí angustia. Entendí confusamente algunas palabras que llegaban de la calle, algo de corazón, no sé, avisar a la familia, hay que esperar al juez... Fuera se acumulaban coches de la Policía, ambulancias, idas y venidas. Alguien llamó a la puerta. Se trataba de un agente de la Policía conocido por mí:

—Hola, Samuel, ¿conocías a tu vecina?

—Sí.

—¿Sabes cómo podemos localizar a sus familiares?

—Sí. Coge su teléfono. Si pulsas el 1, hablarás con la hija mayor; el 2 es de la hija menor.

—Gracias, Samuel.

Cerré la puerta, encendí el televisor. A media tarde volvieron a llamar a mi puerta, me despertaron, no recuerdo en qué momento me habría dormido. Era el mismo agente de la Policía Local de Alcandora.

—Disculpa, Samuel, hemos hablado con sus hijas. Están las dos en Rusia; dicen si puedes hacerte cargo, que a su regreso vendrán a Alcandora y lo arreglarán contigo.

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Ricardo Alba Santamaría