fbpx
Martes, 08 Agosto 2023 17:49

Las ovejas duermen en familia - Capítulo 2 'Boleros de cocaína sin partitura'

 Boleros de cocaína

“Luego de cinco años largos en la cárcel, no me acostumbro a mirar a un lado y otro al cruzar la calle o una carretera. Un mal día me apachurrarán. En la prisión no hay coches, no hay semáforos, allí solo se camina. ¿Sabe usted que soy capaz de saber quién ha estado en la cárcel por su modo de andar?»

El desconocido es de habla perezosa, como una tarde de siesta en el mes de agosto. No tiene prisa, a su compañera le faltan aún cuatro meses de condena en la cárcel de mujeres de Madrid: «Sí, donde los engreídos y pretenciosos hijueputas cucarachas chulean a las mujeres. Bueno, a ella no le han tocado un pelo. Cuando salga nos regresamos a nuestro país».

Por momentos le viene una nublada de lienzos antioqueños que le enmudecen la palabra y el ánimo. Yo simplemente escucho, me pregunto cómo puede saber Diego Fernando que no han abusado de su pareja. Qué me importa a mí, no conozco de nada a este tal Diego Fernando. Se sentó a mi lado, me dijo su nombre y comenzó a contar. Los andenes se vacían tras la marcha del último autobús camino de Francia.

Diego Fernando me sigue al cobijo de la cafetería, fuera queda la chicharrera de una lumbre imposible. A Diego Fernando le fue un tanto peor que a perro en misa, como él mismo asiente: «¡Y tanto, mire usted! Al que no conoce las vacas, hasta la boñiga le embiste. Yo hice el transporte porque el perdido busca el monte. La necesidad fue la primera, la segunda vez, metido ya en la rueda, es difícil salir. Te achantan con la familia y esas cosas. Me entiende, ¿sí?». Sí, se le entiende, mejor se le adivina la angustia de llevar en su barriga un kilo de cocaína repartido en dieciséis bolas de látex, o sea, condones.

Pienso en los boleros y las boleras que por tres mil euros se juegan la vida, una vida que en su país apenas vale unos pesos. Son la carnaza, la distracción, el cebo que desvía la atención de los grandes alijos. «El viaje en avión es más largo que largo. No sabes a qué le tienes más miedo, si a que te reviente una bola, a que te pillen a la llegada o a que una azafata te delate. Sí, las azafatas saben cuándo llevamos carga. Mire usted, en nueve horas uno no bebe agua, no se levanta al servicio, se suda como un pollo. Eso lo ven las azafatas; y si alguna te la quiere jugar, te la juega. Sabes que a dos o tres les va a tocar y esperas que Diosito no te haya dado la boleta». No hay dos sin tres y a la tercera Diego Fernando llevaba el gordo.

La policía lo metió en una habitación con la sospecha de que llevaba droga en su cuerpo. Naturalmente, Diego Fernando lo negó hasta que los nervios le aflojaron el temple. «Yo sabía que no podía aguantar las setenta y dos horas que te pueden retener, así que les dije que sí, que pasaba por los rayos X. De allí me llevaron a un hospital, me dieron laxantes y, afortunadamente, expulsé las bolas que llevaba; porque alguno ha muerto al romperse el látex. Hace poco, cerca de aquí, murió uno —no recuerda el nombre del pueblo—. ¡Eso es, Alcandora!, que lo supimos en la cárcel porque ahí llegan todos los comentarios.»

A Diego Fernando le pidieron doce años de prisión: «Pero la abogada de oficio que me pusieron, y también el fiscal, conforma- ron que la pena fuera nueve años. El señor juez me lo preguntó: ¿sabe usted que va a pasar nueve años en la cárcel? Yo le dije que sí, que a lo hecho… pecho. Luego, ¿sabe usted?, han sido menos años allá dentro y hasta hoy, que con la condicional estoy recién fuera».

Diego Fernando dice que tiene familia cerca, que no desea molestarlos, que en cuanto su compañera esté libre irá a por ella y así que la ley los deje se irán a su país. Titubea antes de confesar que con lo ganado entre los dos pueden rehacer su vida con cierta holgura: «No me va a creer, se lo digo fijamente a los ojos, es me- nos miserable pasar cinco años en la cárcel en España que vivir en la miseria como los chanchos. Por favor, discúlpeme si le importuno, ya lo dejo en la paz». Diego Fernando se pierde calle abajo, colgado del brazo de su soledad y antes de que apaguen las luces.

Al rato, no calculo cuánto, hizo su parada el autocar con destino a Madrid. El conductor apuró un café. Avisó de la salida. Los viajeros que hacían espera se levantaron, cogieron sus bultos, salieron uno tras otro. Tan solo una mujer entre los pasajeros. El autobús enfiló la Autovía A-606. Yo permanecí sentado, miraba al infinito, acabé la bebida, dejé el hielo en la boca. Rompí el billete que habría de llevarme al aeropuerto, troceé mi pasaje de ida y vuelta a Colombia.

No te lo pierdas: Alcandora (1.er trimestre de 2024)

PORTADA DE LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA 

Las ovejas duermen en familia (2ª edición)

PORTADA DE LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA 

Contacto

Si deseas realizar cualquier consulta no dudes en contactarme:
  autor@ricardoalba.es

Ricardo Alba Santamaría