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Domingo, 03 Diciembre 2023 19:40

María Callas 100 años después, mito sin fisuras

 María Callas

 

 

Dos iconos de la cultura del siglo XX que un 19 de mayo de 1962 pudieron conocerse personalmente e incluso parece que conectaron. Fue en el Madison Square Garden de Nueva York. John F. Kennedy cumplía 45 primaveras y en su honor Marilyn cantó un lúbrico Happy birthday y la Callas entonó la Habanera de Carmen. Curiosamente todos estarían –más pronto que tarde– íntimamente conectados: la rubia amante del presidente moriría al cabo de tres meses y la morena perdería seis años después a su amor más célebre –Aristóteles Onassis– en favor de Jackie, la esposa del homenajeado aquella noche.

Hoy el mito de la Callas no muestra fisuras. Cien años después la leyenda no pierde vigencia e interés. Sus discos se siguen vendiendo, el cine sigue aprovechando sus pasajes más célebres, se suceden los documentales y la bibliografía sobre La Divina continúa creciendo. Repasamos algunos ejemplos.

María Callas. El adiós a la diva, de Fernando Fraga

Tras revisar la vida y milagros de las grandes estrellas del arte canoro femenino desde el siglo XVIII hasta la actualidad, el autor de esta biografía ha puesto ahora el foco en la soprano más popular de todas. Su reinado apenas duró una década y escasea en Youtube material de sus interpretaciones sobre las tablas, donde daba lo mejor de sí misma, allí donde no tenía rival. Y sin embargo estamos ante la única cantante de ópera que podría citar cualquiera que no haya pisado nunca un teatro ni comprado un CD de este género. Tal es su poder de persuasión tantos años después de su desaparición. Fraga –callasiano confeso– consiguió embutir en algo más de 300 páginas las giras y los amores (con su primer marido, con Onassis, con el tenor Giuseppe di Stefano), las grabaciones y las rupturas, los éxitos y los fracasos, las pasiones desatadas y las frustraciones, las movidas familiares (“siempre le echó en cara a su madre que le robara la infancia con la pretensión de hacer de ella una cantante famosa”) y otros chismes de lo más variopinto, su relación de amor-odio con los templos de la ópera y su adicción a los medicamentos, sus visitas a España y sus atinadas teorías y lecciones de música y canto, su retiro parisino como una Garbo musical y su triste final. Una guía de consulta y, sin duda, la obra más completa en español sobre la diva.

Afirmaba ser una romántica como mujer y como artista. Podía haber estrenado las grandes óperas de su tiempo, pero era señora de principios y muy transparente en sus filias y fobias. “No me gusta la música contemporánea. La música debe agradar a los oídos, al sistema nervioso y al corazón”.

Eso explicaría que el grueso de su repertorio pertenezca al bel canto –Rossini, Bellini, Donizzeti, Verdi–, con sus dosis de estilo verista (Puccini) y alguna gota clásica (Gluck); de todo ello hay en esta recopilación de directos, cuyas limitaciones en términos de calidad sonora se compensan por la intensidad y la magia desplegadas y por el nivel de los compañeros de viaje (Mario del Monaco, Alfredo Kraus, Leonard Benstein, Herbert von Karajan…).

Podía ser conservadora en sus gustos pero fue una revolucionaria sobre las tablas. Nadie como ella puso tanta voluntad –y experiencia y conocimiento– en estar siempre al servicio del personaje y la obra. Esa fue la clave de su arte: cantar interpretando o interpretar cantando. Tanto da. Podían disputarle el trono en potencia, coloratura, fraseo y expresión actoral por separado, pero no en todo a la vez y mucho menos en la década de los cincuenta. En esos años encarnó multitud de papeles pero ninguno tantas veces como la Norma de Bellini, tres veces más que la Aida de Verdi o la Medea de Cherubini. Declaró una vez que Norma es su papel preferido, aunque no sabía explicar por qué. “Quizá se parece a mí: ella gruñe muy orgullosa manifestando sus verdaderos sentimientos, pero al final se revela por lo que es. Es una mujer que no sabe ser mala o injusta en una situación de la cual, en el fondo, ella tiene la culpa”. Y de Norma, el aria fetiche: Casta diva.

“Si el público aún me recuerda no es porque haya sido una gran cantante sino porque era una mujer distinta de las demás”, confesó la Callas en una entrevista tardía, en la que también aseguró que “la belleza se crea con la personalidad” y ella se esforzó por tenerla a manos llenas. Esa diferencia, esa personalidad, fue la que capturó para siempre la cámara de Cecil Beaton en la serie de fotografías que le hizo en 1956. Blanco y negro y todo el protagonismo para la boca, los ojos, las manos. El magnetismo de un talento en el punto álgido de su carrera. La imagen más conocida de Callas. Tenía entonces ya el esbelto aspecto que deseaba. No muchos años antes pesaba treinta kilos más. Fraga cuenta en su libro que corrió el rumor de que se había tragado el huevo de una tenia solitaria en una copa de champán para reducir el peso más rápidamente.

La cantante de ópera que tenía el secreto para abarcar todos los matices dramáticos encima de un escenario no acabó de funcionar en el cine. Rechazó al inicio de los sesenta el papel de resistente griega que finalmente encarnó Irene Papas en Los cañones de Navarone. Sería luego Medea (1969), basada en la tragedia de Eurípides, su debut de la mano de su admirado Pasolini (“¿ha probado a hablar durante una hora con Pasolini? Es una lección de cultura y estilo”).

En la ópera trabajó y tuvo estrecha amistad con los futuros directores de cine Luchino Visconti (“él me enseñó a recitar y siempre le tendré gratitud por ello”) y Franco Zefirelli, que acabaría rodando el biopic Callas forever (2005). La mejor María Callas que hemos disfrutado en una película realmente no sale en pantalla pero lo inunda todo cuando suena su voz. Nos referimos, claro está, a la mejor secuencia de Philadelphia (1993). En ella un Tom Hanks visiblemente enfermo de sida explica a su abogado su predilección por el aria La mamma morta y describe ese momento de la ópera Andrea Chenier. Emoción pura.

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Ricardo Alba Santamaría

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