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Viernes, 13 Noviembre 2020 17:55

La vida en una librería

     Pasaba de la cincuentena sin llegar a los setenta, llevaba su edad a modo de secreto que no era el único. ¿Cómo podía tener en su cabeza el pasillo, la habitación, la fila y en qué nivel de la estantería se hallaba el libro, tomo, tratado o manual fuese cual fuese que le pidieras? Llevaba escaneada la biblioteca en su prodigiosa memoria.

     Poli no vendía libros ni tú se los comprabas sin mediar una charlita de lo que viniese a cuento, generalmente acerca de autores, novedades editoriales y cosas del estilo. Una vez cogida confianza, Poli te dejaba caer su opinión acerca de tal o cuál escritor, a algunos les tenía auténtica ojeriza en tanto que veneraba a cuatro o cinco porque para él escritores los había a montones pero autores, ay, amigo, a los creadores los contaba con los dedos de una mano.

     Lo frecuente era salir de la librería sin un solo libro, con mucho polvo en la garganta, un olor que tardaba días en desalojar la pituitaria y la sensación de haber visitado otro planeta con un ser mágico que te asesoraba en ocasiones, te hacía desistir de una lectura en otras. Y volvías por volver, por nada en especial o porque todo allí era especial. Mirabas, tocabas, abrías algunas páginas siempre y cuando Poli no te viera, comentabas con otros fanáticos de la lectura, de los libros, aprendías. El tiempo allí dentro era otro, no sé si más lento o más sabio o se paraba del todo. Cuando querías darte cuenta Poli daba el aviso como en los cines o en el teatro pero al revés, que la función terminaba, que cerraba, que o salíamos o nos dejaba dentro.

     El cartelón aquél nos dejó a los habituales totalmente desencajados. En letras muy grandes rezaba el aviso de que “EL PRÓXIMO DÍA 20 SE CIERRA EL LOCAL POR CAMBIO DE NEGOCIO”. En tromba nos acercamos al pequeño mostrador. Poli no estaba, en su lugar una señora explicaba que no sabía quién había comprado la finca y que Poli no se encontraba bien. Durante un tiempo, cada vez que salía de mi casa a la calle, reclamaba la suerte de tropezarme con Poli, hablar con él. Tampoco volví a pasar por el tramo de la calle Pelayo de Madrid.

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Ricardo Alba Santamaría

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