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Lunes, 28 Diciembre 2020 09:38

El arte de felicitar - Publicado en Diario Alerta

 

Sentados alrededor de la mesa camilla, el padre toma del mazo una cartulina. Escribe algo en el reverso de la laminilla y se la pasa a su mujer. Ella estampa su firma y se la acerca a los hijos. De estos, quien sabe escribir traza un garabato, quien aún no maneja las letras deja su marca con un pintarrajeo. La cartulina regresa al territorio de la madre que la encierra en un sobre e, inmediatamente, anota en él una dirección postal al tiempo que ensaliva y pega un sello. Durante un par de horas se repite la misma maniobra en el mismo circuito y en el mismo sentido al modo de las cadenas de montaje de cualquier artefacto. Una vez el mazo de cartulinas está ya ensobrado, la mesa camilla se dispersa. Cada cuál se entrega a su faena o entretenimiento.  

Hasta aquí, todo lo anterior es un cuento. Y no, no es un hallazgo en el yacimiento de Atapuerca, ni fue escrito en la Cueva del Altamira. Es una sencilla descripción, más o menos acertada, de cuando se enviaban las felicitaciones navideñas por correo ordinario. De cuando se remitía por correo tradicional cualquier tarjeta postal, o sea, unos 25 años atrás, año arriba año abajo. Incapaz de etiquetar a los seres humanos por su década de nacimiento, digamos que fue el comienzo de los internautas. La fecha exacta la conoce muy bien mi anquilosado buzón de correo, ahí solamente entran el aire y el eco.

Con su permiso damos un salto a la fecha de hoy. A estas alturas de mes, mi ‘guasá’ y mi correo electrónico rebosarían de felicitaciones navideñas. Este año no es así por lo que ni vamos a mentar no sea que la fastidiemos. No estamos de felicitaciones y ya está. En el Internet de este mundo, seguramente también en el de cualquier otro si lo hubiera o hubiese, brota el inabarcable surtido de frases e ilustraciones ordenadas para felicitar lo que convenga: bodas, bautizos, divorcios, cumpleaños, a la prima, al primo, comuniones, Navidad, a los anfitriones, a la mujer, al hombre, al año nuevo…, a todo lo que se le pase por la mente. Las hay. Incluso con música.

Esta herramienta, por decirlo de algún modo, es útil con el inconveniente aparejado de pérdida de creatividad. Si nos lo dan hecho, ¿para qué pensar? Bueno, habría un rosario de razones aunque con el propósito de no cansar, se me ocurre una: expresar el sentimiento de acompañamiento a otro en su ventura, en su salud, en su suerte o en sus logros. Lo que más encaje según la ocasión o la finalidad. En este año que Dios confunda, obligados a más tiempo metidos en casa, quizá, a lo mejor, sea bueno sacarle partido en buscar una felicitación navideña original que no por ello ha de ser complicada. La mía es sencilla, nada genial: Feliz Navidad en la medida que pueda o le dejen.

 

PUBLICACIÓN ORIGINAL: Columna "El arte de felicitar"

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