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Domingo, 03 Diciembre 2023 19:06

El gasolinero que silbaba canciones de Sam Cooke

 Apenas era un niño cuando Graham Thomas Parker...

 

 

Pero los Beatles -y los Rolling Stones, los Kinks y muchos otros grupos del momento- no solamente ampliaron a aquella generación el alcance de sus gustos e influencias, dándoles acceso al blues, el rockabilly y el soul, sino que, además y, sobre todo, les enseñaron que era posible componer y tocar tus propias canciones.

Graham Parker escribió a sus tiernos 13 años sus primeras composiciones, y las tocó en esporádicos y principiantes grupos escolares (The Black Rockers, The Deep Cut Three) de nula repercusión. Eran piezas elementales y poco consistentes interpretadas de forma tosca y precaria, pero eran la primera respuesta a un veneno que, felizmente, corría ya por las venas de quien habría de convertirse en todo un clásico del pop británico de los setenta y los ochenta.

Tendrían que pasar, sin embargo, unos cuantos años hasta que arrancara, por fin, una carrera que al menos en su primera década ofrecería una formidable colección de discos verdaderamente sobresalientes, perfectamente homologables a los que en aquellos mismos años hicieron artistas contemporáneos tan prominentes como Nick Lowe, Joe Jackson o Elvis Costello.

Cuando dejó el colegio, Graham Parker empezó a trabajar en diferentes ocupaciones, recogiendo tomates, cavando zanjas o ejerciendo de dependiente en una pastelería. Impulsado por el espíritu aventurero de finales de los sesenta, viajó por Europa y el norte de África, donde entró en contacto con músicos de diferentes procedencias y estilos diversos, con los que llegó a actuar en pequeños locales haciendo versiones de clásicos del soul, como Wilson Picket u Otis Redding. Sus habilidades como guitarrista y como cantante iban consolidándose, por fin, a pasos agigantados.

Fue a su vuelta al hogar familiar, en las afueras de Londres, cuando la idea de intentar una carrera en la música empieza a tomar forma seriamente. Su ocupación de entonces, empleado de una solitaria y poco concurrida estación de servicio, le ofrecía muchos tiempos muertos que llenar tocando la guitarra y componiendo canciones.

Estamos en 1972 y empieza a fijarse obsesivamente en artistas como Neil Young, James Taylor, Joni Mitchel o Carole King.

Con “cientos de canciones” en la cartera, Parker empieza a moverse por un Londres pre-punk en busca de músicos que, como él, prefirieran la esencia de las canciones, la melodía y los arreglos, antes que los largos y aburridos desarrollos instrumentales que, con el auge del rock progresivo, parecían dominar el mercado discográfico de la época.

Contra los dinosaurios

Aunque él mismo nunca se reconoció como parte de aquella escena, la alternativa a Yes, Emerson Lake and Palmer, King Crimson, Jethro Tull y otros dinosaurios de la época estaba en el pub-rock, un movimiento que se desarrollaba en el subsuelo de la escena musical del momento. Frente a las pretensiones intelectualoides del rock progresivo, a su grandilocuencia y su característico “todo en el envoltorio y nada en el corazón”, una generación de músicos hastiados con lo que ofrecía la industria recuperaba las esencias del blues, el rock and roll, el soul de los sesenta y el rhythm and blues. Canciones cortas, melodías pegadizas, estribillos sencillos y directos. Un estimulante antecedente para lo que, solamente unos meses después, sería el estallido del punk y la nueva ola.

Fueron algunos de esos -excelentes- músicos los que respondieron al anuncio que Parker puso en el Melody Maker -prestigioso y legendario semanario musical británico- en busca de una banda de acompañamiento. Contactó entonces con Chilli Willi and the Red Hot Peppers (estos se formaron una década antes que la banda de John Frusciante y sus chicos), y, a través de estos con Dave Robinson, manager de una de las bandas icónicas del pub-rock, Brinsley Schwartz.

Deslumbrado con las formidables canciones y la poderosa y a la vez sutil voz de Parker, Robinson se pone a la tarea de conseguirle la mejor banda de acompañamiento posible. Así, los guitarristas Brinsley Schwarz y Martin Belmont, el teclista Bob Andrews, el bajista Andrew Bodnar y el batería Steve Goulding dan forma a The Rumour, una de las formaciones más solventes del momento. Eran músicos experimentados (habían grabado discos y habían actuado a menudo en directo), artesanos y creativos, capaces de adaptarse al brillante repertorio al que se enfrentaban, pero también de enriquecerlo con la propia personalidad de cada uno de ellos.

Para la grabación del primer álbum de Graham Parker, Howlin´ Wind, la guinda del pastel la pone el por entonces omnipresente Nick Lowe, que ejerce de eficaz y atinado productor. Por si fuera poco, The Rumour Horns (una fabulosa sección de viento) subraya el sabor negroide y soulero del álbum.

El resultado es uno de los mejores discos de 1976, un álbum de sabor eminentemente clásico que hunde sus raíces en el rock and roll, el ryhthm and blues, el soul y el reggae, pero que al mismo tiempo desprende la urgencia, la frescura y la energía que se respiraba en el Londres de la época.

Con una respuesta popular irregular y ciertamente por debajo de sus merecimientos -solo en muy contadas ocasiones sus canciones se colaron en los primeros puestos de las listas de éxitos-, los diez o doce primeros discos de Graham Parker son verdaderamente fabulosos. Marcados por la poderosa personalidad de su responsable, interpretados siempre con similares dosis de solvencia y apasionamiento, producidos con elegancia y sobriedad, lo más asombroso de todo es la apabullante colección de canciones verdaderamente memorables que contienen.

Algo después, a partir del comienzo de la década de los noventa, la estrella de Graham Parker fue perdiendo buena parte de su fulgor. Refugiado al calor de sellos independientes encantados de acoger en su escudería a una leyenda de su categoría, ha seguido editando discos con regularidad y actuando en directo tanto en solitario como con diferentes bandas de acompañamiento. Particularmente celebrada fue su reunión con todos los miembros originales de The Rumour, con quienes en 2011 grabó un atractivo nuevo álbum, Three Chrods Good. Por aquellas mismas fechas, Graham Parker y el Rumor aparecieron, haciendo de sí mismos, en la película de Judd Apatow This is Forty (Si fuera fácil, en su versión doblada al castellano), una entretenida comedia a propósito de la “crisis de los cuarenta” de un ejecutivo discográfico dueño de una pequeña compañía independiente.

Los discos que ha venido sacando en las tres últimas décadas no tienen el brillo y la fiereza de sus formidables clásicos, pero siguen exhibiendo la solidez de un vocalista y compositor mucho más que notable, que es capaz siempre de rodearse de músicos excelsos. Ni más ni menos, eso es lo que ofrece Last Chance to Learn the Twist, su flamante nuevo disco, recién editado.

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Ricardo Alba Santamaría

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